Patrimonio de Jerez

Tiempos en vela

  • Ascenso por la torre de la Atalaya, un edificio del siglo XV erigido para albergar un reloj, que también fue vigía y testigo de siglos.

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Erigida para marcar el tiempo a la ciudad, la Torre de la Atalaya ha señalado desde su creación, en el siglo XV, mucho más que horas y minutos. Ha avistado los siglos de las alturas. Y aunque no se sabe con exactitud cuándo se empieza a construir, por las marcas de cantería que hay en la escalera de caracol que lleva hasta la azotea se cree que la obra se hace de una sola vez. Se sabe que en 1447 se estaba terminando la torre y que en 1449 se instala en ella un reloj. La construye el Ayuntamiento, con la colaboración del noble español Perafán de Ribera, para ubicar el primer reloj mecánico de la ciudad. "Por la decoración de las ventanas parecía que había dos fases constructivas ya que las de abajo son de una decoración más islámica, y las de arriba son posterior. Pero viendo esas marcas de cantero, se demuestra que el edificio se hace del tirón", cuenta el arquitecto jerezano José María Guerrero Vega, que ha realizado un estudio en profundidad llamado 'Construcción de la torre de la Atalaya de Jerez de la Frontera'. La torre está adosada al muro del evangelio de la parroquia de San Dionisio y ha tenido varias denominaciones en otros momentos, como torre del Reloj, de la Vela, del Concejo o de San Dionisio. Constituye, quizás, el más importante testimonio de la arquitectura gótico-mudéjar jerezana, apunta Guerrero en su trabajo.

Dos enormes llaves de hierro diferentes entre sí abren la misma puerta, la que da acceso, desde el interior de la iglesia, a un tiempo que se desmorona. Una escalera de caracol, de las denominadas de husillo, se compone de desgastados peldaños de piedra que apoyan unos sobre otros. Casi a tientas, con la escasa luz que entra por las pequeñas ventanas o aberturas en el muro, se va subiendo, poco a poco. Hay momentos de total oscuridad. Girando y girando, se va ascendiendo. Interminable, el camino va llegando a su fin. Mientras tanto, los pensamientos se suceden en tanto que las bocanadas de aire para tomar fuerza lo permiten. Sólo el buen tino puede evitar la caída. Las manos se manchan de historia a la par que acarician los muros mientras se sube. Es a lo único que uno puede agarrarse.

Una primera estancia se abre al exterior. Las vistas de la ciudad son espectaculares. En el suelo, esqueletos de pájaros completan una alfombra de plumas, jaramagos, excrementos de palomas y otros desperdicios. Una escalera de metal apoyada sobre el muro no lleva a ninguna parte. Las marcas de cantería y los diferentes nombres y fechas que se han tallado a lo largo de los tiempos van desvelando que otros también disfrutaron de la subida a este techo jerezano. Pero aún queda lo mejor. Tras recomponerse, el personal asciende un último tramo ya inundado por las hierbas, ortigas, un casco amarillo de obrero en una esquina y un apuntalamiento de emergencia. Se llega como se puede a la azotea. Arriba del todo, aire, sol, frío, vértigo. Los tiempos se asoman al siglo XXI desde una atalaya medieval. Un vistazo tras otro en redondo a la ciudad permite intuir al espectador cómo fue el pasado, ponerse en la piel del vigía, del que permanecía en vela durante la noche con el único abrigo y compañía de la piedra y el cobijo de una campana del siglo XVI.

Tanto era el reloj, que el Consistorio tenía incluso en nómina a un relojero, pero la máquina, hecha de madera y cuerda, nunca funcionó todo lo bien que debiera. La altura de la torre explica el tamaño de las pesas necesarias para su funcionamiento. Un monumento que no se construye por casualidad en este espacio ya que por entonces en Plateros había un mercado diario, así que la torre era muy visible. "La idea del reloj es también como monumento cívico, para una ciudad que estaba llena de iglesias. Hacía fuera tenía azulejos de colores, estaba dorado y tenía un "hombre de palo" o autómata que cada vez que daban las horas se mostraba", relata el historiador Manuel Romero Bejarano, autor también de un estudio sobre la arquitectura militar en Jerez durante el siglo XVI en el que trata este monumento.

Al principio, el reloj marcaba las horas con la campana, hasta que se le instala una esfera de piedra en torno a los años 20 del XVI. Siglo en el que el edificio pasa a tener una función de torre vigía, de la Atalaya, para recibir avisos desde otras fortificaciones de los ataques que hacían los berberiscos a la costa de Cádiz. "Las poblaciones de la zona eran muy pequeñas y a menudo venían embarcaciones ligeras del norte de África para raptar a gente y pedir luego un rescate por ello. Así que se hace un sistema de torres y existen aún hoy muchas de ellas. Desde estos baluartes se hacían señales de humo durante el día, y de fuego de noche para avisar de que había moros en la costa, de ahí la expresión. Una vez que esto ocurría, las tropas formaban y se dirigían a defender esos pueblos", precisa Romero. A mediados del XVII deja de tener esa función vigilante y la campana se cede a los Capuchinos. Las dos espadañas que se ven hoy, una era para dar las horas y otra para advertir de esos ataques. Ya en el XVIII no se arregla más el reloj. La torre permanece tal cual desde entonces. Excepto algunas intervenciones de urgencia, no ha sido prácticamente restaurada, está original.

"Aprovechando la torre, se instaló allá por el XVI a un lado un altar para decir misa a los vendedores de la plaza, y en la parte de abajo se ubica una venta de agua. Un negocio que se suprime a finales de siglo porque se descubre un fraude de los vendedores de agua que estaban compinchados con los cantareros, que hacían cántaros más pequeños. Se pagaba lo mismo por menos agua. Desmantelado el 'negocio', el espacio se cedió entonces a la Casa Cuna para los niños abandonados, que pasa después al Hospital de la Caridad, hoy el Consistorio", relata Romero.

Pasan los tiempos, y en el marco de la profunda restauración realizada en San Dionisio, dirigida por Rafael Manzano, a mediados del siglo pasado, se elimina la esfera de piedra del reloj, que ocupa hoy una ventana abierta a la plaza Plateros y se da acceso a la torre por la iglesia. Aunque el edificio es de propiedad municipal, en el siglo XVII se cede la parte inferior de las pesas para que la Hermandad del Santísimo Sacramento guarde la cera.

En 1979, la torre de la Atalaya es declarada Monumento Histórico-Artístico de carácter nacional. Es el único ejemplo que queda en la ciudad de edificio civil de la época y los historiadores creen que es la única torre que se hace para reloj en aquellos tiempos. Un edificio mudéjar que apenas ha sufrido intervenciones y que puede servir para entender la construcción en la época por la cantidad de señales de los canteros en cada canto y sillar, con un alto valor histórico (imagen 7).

El párroco de San Dionisio, Miguel Ángel Montero, ha mostrado su deseo de que la torre se rehabilite y se abra a las visitas. De hecho, según el cura, ya hay conversaciones con el Ayuntamiento y planteamiento de proyectos para llevarlo a cabo. Y es que esta torre es un edificio muy desconocido para el público en general, que de día se muestra orgullosa, pero de noche pasa totalmente desapercibida por falta de iluminación. "No está valorada como se merece", apuntan ambos colaboradores, que ven necesaria la restauración del edificio, que combate y soporta el viento, que a la vez deshace una piedra de muy mala calidad de la Sierra de San Cristóbal. Tanto es así que se conservan mucho mejor las llagas de cal que la propia piedra. "Es una torre -añade Romero- que tiene mucho que explicar aunque no lo parezca. Su interés histórico y artístico es destacado y es que el mudéjar de Jerez es muy particular, poco visto en otros sitios"

Una campana diferente, que sólo se tocaba los Viernes Santos, al igual que la matraca de la Catedral, pone la guinda a la torre, con permiso de la cigüeña. Ambas, por ahora, únicas moradoras de esta construcción, fortín del tiempo, baluarte de la historia, torreón de épocas, fanal que alumbra un rico patrimonio hoy arrinconado.

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