Educación | Psicología

Jugando con ansiedad

Estado de tensión.

Estado de tensión.

Cualquier persona es capaz de entender lo que se siente cuando se enfrenta a una situación que puede implicar un peligro grave para su bienestar. En ese tipo de situaciones, aparecen síntomas muy desagradables como la alteración del ritmo del corazón, que de forma repentina, en el momento en el que percibimos esa posible amenaza, pasa de estar latiendo apaciblemente a latir de forma descontrolada, golpeando en el interior del pecho como si pretendiera romperlo y salir de él disparado.

Esta hiperactivación de los latidos del corazón puede producir tensión en todos los grupos musculares del organismo, sudoración intensa, temblor, descomposición del estómago y dificultad para respirar. Cuando alguien siente todos estos síntomas de forma repentina, difícilmente logra concentrarse en lo que estaba haciendo en ese momento y, casi de forma automática, comienza a estar convencido de que algo muy grave le está ocurriendo. El siguiente paso, es buscar un hospital de forma urgente o, como mínimo, ponerse a salvo en algún sitio seguro, bien lejos de la amenaza que lo inició todo.

Pues, al igual que los adultos, los menores no están exentos de sufrir problemas psicológicos o emocionales. Son muchos los estudios que han encontrado un alto porcentaje de menores afectados por este tipo de alteraciones. La mayoría de estos estudios coinciden en que en torno a un 15 por ciento de los niños de entre 3 y 12 años sufren problemas de ansiedad (López-Soler, Alcántara, Fernández, Castro y López- Pina, 2010). Estos mismos investigadores e investigadoras de la Universidad de Murcia encontraron, entre 300 chicos y chicas con edades comprendidas entre los 8 y los 12 años que tenían algún tipo de problema emocional, que el 54 % de estos problemas eran problemas de ansiedad.

Sin embargo, no es fácil detectar estos problemas en la infancia y, probablemente, estas cifras sean aún superiores. Muchos de los síntomas propios de la ansiedad se atribuyen al hecho de ser menores y si los menores juegan y hacen sus tareas a diario, generalmente, no se alcanza a comprender que esos síntomas pueden ser tratados. De esta forma, si los trastornos de ansiedad en la infancia se mantienen hasta la edad adulta, pueden provocar comportamientos desajustados como abuso de sustancias, agresividad, fracaso académico o problemas con las relaciones sociales entre otros.

Cuando vemos en los menores algunos síntomas como llorar con mucha facilidad, preocuparse demasiado por los hermanos, padres o amigos, tener miedo a situaciones que no entrañan peligro, aislarse de los compañeros, ser demasiado perfeccionistas con las tareas escolares y exigentes con los exámenes, preocuparse demasiado o tomarse todo muy en serio, es probable que puedan requerir de algún tipo de ayuda profesional. Los psicólogos y los departamentos de orientación de los centros educativos disponen de instrumentos suficientemente contrastados para valorar si esos comportamientos de alumnos y alumnas están dentro de lo que es habitual o requieren de esa intervención que les puede ayudar a adquirir habilidades para mejorar su bienestar.

En el caso de que se detecten niveles de ansiedad superiores a lo esperable, existen tratamientos psicológicos sencillos que se realizan a través de juegos con los menores. Gracias a estos tratamientos aprenden a regular los estados de tensión física, aprenden a generar pensamientos que les ayuden a superar sus dificultades y se proponen retos que van superando poco a poco. Finalizado el tratamiento los menores pueden construir una autoestima y confianza que no estén condicionadas por las limitaciones que impone un estado de ansiedad.

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