Cultura

El romanticismo de un fino entreacto

  • El centenario de la muerte del compositor Jules Massenet, que se ha cumplido recientemente, pasa desapercibido en los grandes festivales frente a las conmemoraciones sobre Debussy.

Puccini, Verdi o Wagner son algunos de los nombres mas representativos en la composición operística de todos los tiempos. Pero su familiaridad se vería interrumpida con la inclusión de un nuevo creador: Jules Massenet, de cuyo fallecimiento se cumplieron 100 años el pasado 13 de agosto. Pero la historia de la música clásica no siempre es justa y también adolece de falta de memoria, al igual que el público, al menos en la práctica. Festivales, con excepción del de música y danza de Granada, tan sólo confirman el olvido y el eclipse de que la figura de Claude Debussy impuso sobre Massenet. Se sabe, por los catálogos, enciclopedias y demás corpus del conocimiento que el compositor francés de finales del siglo XIX creó 30 óperas además de un gran número de ballets, oratorios, obras orquestales, pianísticas y 200 canciones. Y sin embargo sólo se le recuerda por la belleza sublime de un entreacto para violín, arpa y orquesta: Meditación de Thäis.

Pudiera pensarse que la cantidad no es lo es todo pero en este caso va estrechamente unida a la calidad, condición primera. Y es que Massenet tuvo una formación genuinamente musical en los mejores centros y con los mejores maestros. Entró todavía niño en el Conservatorio de París, ciudad a la que se trasladó su humilde familia para contribuir a la formación de Jules, quien obtuvo en 1863 el Grand Prix de Roma. Es precisamente durante su estancia en la ciudad eterna cuando conoce al que se convertiría en su maestro, el también compositor romántico Franz Liszt quien también sería su suegro.

Tras una breve pausa en su carrera musical para incorporarse como soldado en la Guerra Francoprusioana, regresa a su trabajo riguroso y exhausto. Dicen que sus jornadas comenzaban a las cuatro de la mañana alternando composiciones, enseñanzas y audiciones. Jornadas aún más intensas desde que en 1878 fuera nombrado profesor del Conservatorio de París, donde impartió clases a la nueva generación de compositores galos: Gustave Charpentier, Florent Schmitt o Reynaldo Hahn.

Massenet, claro representante del dramatismo lírico, experimentó una evolución en su obra. Aunque lo consideran -y problablemente lo fue- heredero del celebérrimo compositor Charles Gounoud, su repertorio se vio influenciado por el romanticismo alemán de Wagner, cultivando la técnica del leitmotiv.

Son también destacables los nombres que valoraron el trabajo de Massenet. Gounoud o Chaikovsky elogiaron sus obras que fueron objeto de influencia sobre las creaciones de Verdi o Debussy. Paradójicamente, fue el compositor impresionista quien eclipsaría hasta la actualidad el nombre y la labor de Jules Massenet, que llegó a ser considerado en su época el músico francés más representativo de finales del siglo XIX, por su sensibilidad y refinamiento. Valores que le conducirían a ocupar un puestos en la Legión de Honor así como en la Academia de Bellas Artes, de quien fue su miembro más joven.

Pese a la numerosa producción operística, sus primeros trabajos carecieron de éxito. Las tres obras por las que el creador galo conoció la popularidad datan de la década de los ochenta y noventa: Manon (1884), Werther (1892) y Thäis (1894), óperas esencialmente femeninas en las que la moralidad religiosa juega un papel fundamental, rasgo representativo de un romanticismo conservador. Jules Massenet se vale de la mujer para representar el erotismo espiritualizado, es decir, concibe su carácter seductor como el camino hacia la religiosidad. Es el caso de Manon y Thäis, figuras paganas redimidas por los alivios de la espiritualidad.

Por otro lado, Werther, la ópera basada en la novela de Goethe, se destaca por un protagonismo masculino del héroe melancólico e insatisfecho, en definitiva, genuinamente romántico. Un carácter que le contagió el fervor por la herencia medieval. En este sentido resulta destacable dos óperas de temática española: Le Cid (1885) y Don Quichotte (1910).

En total, 30 obras líricas representadas por las voces más representativas del panorama operístico de todos los tiempos: María Callas o los españoles Alfredo Kraus y Plácido Domingo quien este año ofreció un homenaje al compositor francés durante la sexta temporada del Palau de Les Arts de Valencia con la representación de Thäis. Uno de los poquísimos tributos, sino el único, en conmemoración del fallecimiento del creador.

Sobre el papel, toda esta rica producción operística y musical, ha convertido a Jules Massenet en uno de los grandes compositores finiseculares, título que no superó el paso del tiempo.

Puccini, Verdi, Wagner, ¿Massenet? Cien años después de su muerte, los menos lo recordarán triste y únicamente por el romanticismo de un entreacto.

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