Cultura

'El gran Gatsby' y 'Huckleberry Finn' se suman al catálogo de Paréntesis

  • La 'Colección Orfeo' continúa su apuesta por los clásicos con las obras de Francis Scott Fitzgerald y Mark Twain, editadas junto a 'El buen soldado', indagación en las contradicciones del deseo de Ford Madox Fox

Desde que se puso en marcha, la editorial sevillana Paréntesis se ha esforzado, a través de la Colección Orfeo, por rescatar textos maestros de la literatura que se ofrecían al lector desde una nueva mirada, con el añadido de un prólogo que analizaba las razones por las que cada obra merecía un lugar en la posteridad. Esta vez, la línea continúa su catálogo con tres apuestas ganadas de antemano, consideradas piezas fundamentales de las letras anglosajonas: El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald; El buen soldado, de Ford Madox Ford, y Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain.

José Luis Piquero, encargado de la traducción y el prólogo de El gran Gatsby, considera que el retrato del millonario protagonista refleja con magistral contundencia "el modo en que los sueños se disipan dejando sólo el vacío". Gatsby es un hombre de una extraña pureza a pesar de sus turbios orígenes, un intruso en el paraíso que ama a una mujer inalcanzable, un idealista que, pese a la prosperidad lograda, comprueba que las aspiraciones no se cumplen. Toda la historia es la constatación de un tiempo dichoso que ya se acaba, "una gran danza de la muerte en la que los invitados bailan creyendo ser eternos y felices". El que propone el autor es un descenso a las áridas tierras del desengaño. "Nadie como Fitzgerald ha sabido narrar el fulgor de la juventud y el desencanto de la terca realidad, cuando de la brillante fiesta sólo quedan flores pisoteadas y favores rechazados", escribe Piquero sobre la que califica como "sin duda, una de las grandes novelas norteamericanas del siglo XX". El mundo de Fitzgerald, expresa el traductor, "es el de las vivaces flappers, chicas a la moda que bailan el fox-trot y apuran riendo una copa de champán, pero también el del hombre desengañado, cercano a la madurez, que regresa al París de las alegres francachelas para comprobar que ya no queda nadie".

La misma complejidad aguarda a quien se acerque a las páginas de El buen soldado, en la queFord Madox Ford ahonda en la naturaleza contradictoria del deseo. Su propio autor, que traduciría la novela al francés, se reconocería deslumbrado por "la labor de estructura del libro y su intrincada maraña de referencias y remisiones cruzadas" en esta historia sobre infidelidades protagonizada por dos parejas. El británico había empezado a escribir esta ficción a los 40 años con un propósito elevado, el de "hacer por la novela inglesa lo mismo que Maupassant había hecho por la francesa", un reto que no obstante consiguió a juzgar por las muestras de admiración que despertaba su texto.

Uno de los aspectos que más llama la atención del libro a Felipe Benítez Reyes, autor del prólogo, es que se trata "de una novela sin decorados. A pesar de la condición viajera de sus protagonistas, no hay descripciones de ciudades ni de ambientes más allá de lo imprescindible". Esta despreocupación por el paisaje, sostiene el poeta roteño, "hace que la deriva emocional de los protagonistas se intensifique, a la vez que otorga una atmósfera un tanto fantasmagórica al relato, que se limita a mirar hacia adentro de los protagonistas, retratados sobre un fondo neutro, por no decir que retratados ante el vacío mismo". La modernidad de la propuesta también radica en la forma en que Madox Ford describe los resortes imprevisibles de la pasión. "Algunos de sus personajes no desconocen la rigidez moral, lo que no les impide ser licenciosos en virtud de su abandono a los instintos: se mueven en un mundo de remilgos aparentes en el que reina secretamente la pulsión del deseo, el impulso sexual que busca satisfacerse por encima de cualquier cosa, incluida por supuesto la propia felicidad", destaca Benítez Reyes.

Más popular que la ficción de Ford Madox Ford es Las aventuras de Huckleberry Finn, aunque el prólogo de José Miguel Martín Martín, también traductor, incluye valiosas aportaciones a este clásico. Las vicisitudes que ha sufrido la novela de Mark Twain revelan que los prejuicios y la falta de miras pueden tener procedencias de todo tipo. Cuando se publicó, explica Martín Martín, "una parte de la sociedad norteamericana la prohibió en sus bibliotecas por considerar inapropiada una novela en que su personaje principal -un adolescente- se saltaba todas las normas elementales de limpieza, modales y religión vigentes en la sociedad, proclamando las ventajas y lo divertido de vivir de manera salvaje y sin restricciones". Pero en la segunda mitad del siglo XX el libro sufrió el rechazo por una cuestión muy distinta, "las más de doscientas veces que aparece el vocablo nigger, que se interpretaba racista, por lo que fue retirada de centros escolares e incluso de universidades. Obviamente estas posiciones no han sabido ver más allá de las meras formas, quedando muy lejos del fondo de la obra", denuncia el traductor. Para éste, en todo caso, Huckleberry Finn deja vislumbrar una madurez mucho mayor en Twain, en comparación con Las aventuras de Tom Sawyer. Aquí el trasfondo "no es nada benévolo. Muchas de las aventuras que se narran dejan una inevitable sensación de amargor sobre la naturaleza de los humanos. Los ocho años transcurridos entre una y otra novela han hecho mella en su autor. Queda ya poco lugar para la inocencia".

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