Cultura

'Plan R' contra la crisis

  • El público de 'La Cenicienta' disfrutó de una producción imaginativa, divinamente loca y con toques irreverentes

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Drama jocoso en dos actos con libreto de Jacopo Ferretti y música de Gioacchino Rossini. Intérpretes: Angélica Mansilla, José M. Zapata, José J. Frontal, Enric Martínez-Castignani, Julia Arellano, Leticia Rodríguez y Ángel Jiménez. Producción de la Ópera de Nantes. Director de escena: Stephan Grögler y Véronique Seymat. Iluminación: Laurent Castaingt. Coro del Teatro Villamarta. Orquesta Filarmónica de Málaga. Director musical: Carlos Aragón. Fecha: Sábado 3 de octubre. Lugar: Teatro Villamarta. Aforo: Casi lleno

Menuda suerte la del público jerezano, terminar una temporada con Rossini y a los pocos meses abrir una nueva con otra ópera del compositor italiano. Porque Rossini es como un bálsamo, una cura antiestrés y un paquete de medidas contra la crisis todo en uno. Sobre todo si se trata de ese Rossini cómico y divertido que mediante el ritmo y la exhibición vocal nos lleva de sorpresa en sorpresa, de salto en salto. Y aún más si el Villamarta nos trae esta producción de Nantes, absolutamente imaginativa, divinamente loca y con toques deliciosamente irreverentes como esa Virgen de Lourdes iluminada sobre un árbol. El movimiento de escena es incesante, con recursos sorpresivos como la caja de la que salen los personajes y con efectos visuales muy logrados mediante el fondo de espejos que amplifican el espacio cuando descienden las espectaculares arañas. Todo el universo de los cuentos infantiles está presente como homenaje a los orígenes literarios de La Cenerentola: Caperucita, el Lobo, los Siete Enanitos y hasta el Druida de la aldea de Astérix y Obélix. Magnífico, además, el trabajo con los actores, perfectamente medido y de una eficacia cómica inmejorable.

Carlos Aragón comenzó su dirección de forma lenta y sin brillo con la obertura, en la que la Filarmónica de Málaga no lucio su mejor sonido. Pero, salvo momentos puntuales como la escena de la aparición de Cenicienta en el baile, también demasiado lenta, el resto de la función fue dirigido con muy ritmo y con una buena prestación orquestal (magnífico el sexteto del segundo acto). Cabe destacar en Aragón su cuidado al equilibrar las dinámicas del foso y de la escena para no tapar a las voces cuando alguna de éstas tenía problemas de volumen.

Angélica Mansilla posee una voz desequilibrada en color y en firmeza de emisión. Excesivamente vibrada, se aprecia un brusco cambio de color en el paso al registro medio y de éste al agudo, que suena metálico y con afinación inestable. La emisión demasiado trasera impide que la voz salga con brillo y hace que suene mate y engolada. Por el contrario, su técnica de coloratura es impresionante y le permite atacar con absoluta solvencia y con espectaculares resultados los pasajes más complicados de su partitura, especialmente las notas breves en staccato y en martellato. José Manuel Zapata, debutante en Jerez, mostró por qué es uno de los tenores rossinianos más apreciados de la actualidad y por qué, por ejemplo, repetirá en unos meses actuación en el Metropolitan con música de Rossini. La voz ha agrandado de un par de años para acá sin perder firmeza en el registro sobreagudo ni agilidad, lo que hizo que su interpretación resultase del todo punto espectacular, desde su inmejorable legato a su pirotecnia vocal en los Do sobreagudos de su aria del segundo acto. Frontal, además del genial actor de siempre (acentuado en esta producción que tanta cancha le ofrece en lo teatral), cantó con rotundidad y brillo, aunque en los pasajes más rápidos tendía a empequeñecer la voz en exceso. Martínez-Castignani, a pesar de la nasalidad de su timbre, fue un barítono bufo de manual, capaz de suplir las carencias de su voz con una actuación soberbia. Algo similar les ocurrió a Arellano y Rodríguez, que supeditaron la calidad de la voz a la faceta teatral, ésta magníficamente resuelta. En Ángel Jiménez se adivina una voz de bajo muy interesante, pero antes que nada debería plantearse la técnica de emisión para sacar fuera la voz y que no se le quede en la gola. Y con un coro masculino muy empastado y compacto, se cerró otra noche de divina locura.

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