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La gente feliz no tiene nada que contar

  • Muere a los 94 años y en plena actividad Charles Aznavour, el último rey de la canción francesa, que en sus ocho décadas de carrera le cantó al oído a varias generaciones

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La gente feliz no tiene nada que contar

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Poco se imaginaba el pequeño Shahnour Aznavurjan, el mejor vendedor callejero de periódicos de todos los boulevares de París, que esa voz con la que pregonaba las más destacadas noticias del día le iba a llevar a ser una de las mayores estrellas de la canción francesa y mundial de todos los tiempos. Y eso que sus principios como cantante no fueron alentadores; la primera vez que se subió a un escenario a interpretar sus propias composiciones las críticas fueron feroces: "¿A dónde va este chaval? Ponerse delante del público con esa voz… y esa presencia… ¡qué locura!". Él mismo pensaba que era demasiado bajito y feo y siempre daremos gracias a los cielos de que Edith Piaf no compartiese su forma de pensar y se convirtiese en su mentora, a base de broncas extraordinarias si era necesario, para hacerle comprender que su falta de glamour no era superior a su exceso de talento. El tiempo se encargó de darle a ella la razón cuando en 1965 Charles Aznavour se convertía en el rey de la canción francesa llenando el mítico Teatro Olympia de París, interpretando treinta composiciones propias para un público enfervorecido. Cincuenta y tres años después todavía continuaban los aplausos, porque Charles Aznavour ha fallecido con 94 años al regresar de Japón mientras estaba de gira, pisando escenarios, la razón de ser de su vida.

Durante todos estos años han sido continuos sus éxitos en forma de canciones que reflejaban la tortuosa vida que llevó, en la que siempre ocuparon un primer plano el exilio, el refugio ilegal, los matrimonios tormentosos, el fallecimiento de un hijo demasiado joven… "La gente feliz no tiene nada que contar" fue su respuesta a Jean Cocteau cuando éste dijo que la tristeza y la desesperación no eran populares antes de la llegada de Charles Aznavour.

Edith Piaff nunca dejó de alentarle para que él mismo cantase sus propias canciones

El genocidio del pueblo armenio que tuvo lugar en Turquía en 1915 hizo que sus padres, músico él y actriz ella, se trasladasen a París, donde montaron un pequeño restaurante que frecuentaban los bohemios de la ciudad. Allí comenzó a florecer el germen artístico de Charles, que ya con tan solo 9 años dio sus frutos en sus primeras audiciones, que le llevaron incluso al famoso teatro Marigny dos años después, de donde dio el salto a la compañía de Pierre Fesnay.

La ocupación alemana de París hizo que sus padres cerrasen el restaurante y Charles comenzase una azarosa gira, en la que conoció a Pierre Roche, con quien formó equipo durante nueve años firmando canciones de las que Charles escribía la letra y Pierre la música. Su primer éxito fue J'ai bu, con la que el cantante George Ulmer les hizo ganar su primer premio como compositores. A esta canción le siguió una cadena de muchas otras, escritas para las voces de Mistinguette, Maurice Chevalier, Edith Piaf…

Francia se les quedaba pequeña. Embarcaron hacia New York sin papeles y consiguieron ganarse una visado de trabajo tras demostrarle al juez, amante de la música, que se lo merecían, interpretándole en el mismo juzgado la versión de su canción favorita, Finian's rainbow, que Charles había traducido al francés. Tras un contrato en el Café Society lograron reunir fondos y fuerzas suficientes para una gira de cuarenta semanas por Canadá, donde Pierre prefirió quedarse cuando les llegó el momento de volver.

En París Charles se mantuvo durante nueve años al lado de Edith Piaf como secretario, compositor y amante; para ella compuso Il pleut, Il y avait; para Juliette Greco, Je hais les dimanches; para Gilbert Becaud, Viens. Pero Edith Piaf no dejaba de alentarle para que él mismo cantase su propias composiciones, y después de muchos titubeos, el éxito de Sur ma vie en 1955 desató una fuerza, que ocho años más tarde, cuando La mamma fue número uno en Francia durante doce semanas seguidas, se hizo imparable.

Charles ha sido desde entonces el epítome del romántico francés que le ha cantado al oído a varias generaciones en sus propios idiomas las alegrías y tristezas del amor que todos experimentamos y a menudo necesitamos que alguien nos traduzca en palabras: Mourir d'aimer, She, For me-formidable, Esperanza, tantas y tantas…

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