Manuel Moyano. Escritor

"Las mejores obras son las más impremeditadas"

  • El autor cordobés, finalista del último Premio Herralde de Novela que ganó la mexicana Guadalupe Nettel, propone en 'El imperio de Yegorov' una obra tan inquietante como divertida

Resumir el argumento de El imperio de Yegorov no es difícil, pero es una novela que merece encontrarse con lectores vírgenes. Baste decir que la acción comienza en una expedición a la selva de Papúa Nueva Guinea en la que una joven contrae una extraña enfermedad. A partir de esa circunstancia se desarrolla una historia que abarca varias décadas sobre una base de thriller que absorbe elementos de la novela policiaca y de la ciencia ficción distópica. Y con mucho humor. Manuel Moyano resultó finalista de la última edición del Premio Herralde con esta obra, ya en las librerías con el sello de Anagrama.

-¿De verdad no está usted inoculado?

-Así se afirma en la solapa del libro; por tanto, debemos creerlo: una editorial como Anagrama no se arriesgaría a mentir a sus lectores. Ni me he inoculado ni creo que lo haga nunca, por mucho que me ofrezca a cambio el doctor Nintai.

-Da la sensación de que se lo ha pasado de maravilla escribiendo esta novela...

-Me alegro de que se transmita esa sensación al lector, porque es absolutamente cierta. Siempre he pensado que el hecho de que muchas novelas sean aburridas se debe a que sus autores se han aburrido escribiéndolas, a que han debido hacer un esfuerzo titánico para terminarlas; a que, en realidad, ni siquiera les apetecía escribirlas. No fue mi caso con El imperio de Yegorov. Su gestación fue un verdadero festín creativo: mientras duró me sentí poseído por la siempre esquiva musa.

-¿Cómo surgió este proyecto? ¿Lo tenía todo atado cuando empezó a escribir?

-Partía de una idea básica anotada en mi cuaderno: un parásito del que se descubre que tiene unos efectos imprevistos sobre el ser humano, pero no voy a revelar ahora cuáles son esos efectos. Intenté desarrollar la idea un par de veces, pero lo que me salía apuntaba hacia una especie de tecno-thriller, y no era eso lo que quería hacer, sino una obra con cierta ambición literaria. Así hasta que, inesperadamente, di con el tono, con la línea argumental y, sobre todo, con la estructura, con el método que iba a emplear para contar la novela. En general, las mejores obras son las más impremeditadas, aquellas en las que interviene en menor medida la voluntad de su autor.

-En narrativa, ¿qué es deconstruir? ¿Qué riesgos y desafíos conlleva este proceso?

-Deconstruir es, a mi entender, no respetar las normas básicas de la convención narrativa. Eso es lo que decidí hacer en El imperio de Yegorov: eliminé de cuajo al narrador omnisciente y decidí no contar la historia paso a paso, sino a través de flashes, por así decirlo. Esos flashes son documentos: desde cartas y correos electrónicos hasta transcripciones de grabaciones, informes detectivescos, noticias e incluso un prospecto médico. Esto suponía un riesgo, se me podía haber ido de las manos... Pero, debido precisamente a que la escribí en estado de inspiración, todas estas piezas encajan y van construyendo la narración ante los ojos del lector. Se trata, en cierto modo, de un libro interactivo, en el que el lector pone de su parte, se convierte en algo más que un simple espectador. Pero no es en absoluto un libro complicado, y parece estar gustando tanto a lectores adultos como a los jóvenes.

-Finalista del Herralde: un enorme impulso al libro y a su trayectoria...

-Jorge Herralde, la editorial que dirige y el premio que lleva su apellido son iconos de la cultura española, hispanoamericana e incluso europea. Formar parte de todo eso genera en mí una satisfacción difícil de igualar. Me hace feliz. Y supone haber alcanzado un punto en mi carrera literaria del que siempre podré decir: "Bueno, al menos llegué hasta aquí". Por supuesto, todo ello hace también mucho más visible el libro en un mercado que, pese a decirse en declive, no para de vomitar novedades día tras día.

-¿Podemos esperar una secuela de esta historia o quizá un spin-off?

-A priori la considero una historia cerrada en sí misma, aunque no lo sea exactamente, pues es cierto que podría dar para una y varias secuelas. Pero sería muy difícil mantener el espíritu y el tono de la primera. Por otro lado, me da mucha pereza hacerlo, y tampoco me gusta volver sobre algo que ya he dado por acabado: prefiero pasar a otra cosa... Pero, en fin, nunca digas de esta agua no beberé.

-¿Llegaremos a leer alguna vez el poema El bosque de ceniza?

-No sé si le sorprenderá saber que intenté escribirlo para incluirlo en el libro. Empezaba con este verso: "Aquí abajo, en el estiércol...". Pero lo cierto es que no conseguí componer un poema a la altura de las expectativas despertadas en la novela, así que era preferible dejar que el lector se lo imaginara. Me temo que no poseo el talento para la lírica del gran Geoff LeShan.

-¿Es usted sátrapa trascendente del Institutum Pataphysicum Granatensis?

-Sátrapa Trascendente, con mayúsculas. Nuestro Rector Magnífico, el escritor Ángel Olgoso, me ha tirado de las orejas por escribirlo con minúsculas. En la Patafísica son muy importantes las mayúsculas. Piense que la Patafísica ya existía cuando aún no existía el universo, y que seguirá haciéndolo cuando éste desaparezca en la Gran Implosión. Si con todo esto no ha llegado a vislumbrar siquiera qué demonios es la Patafísica, le aconsejo pedir cita con nuestro Vice-Curador: vive a orillas del lago Victoria y se llama Lutembi, y por cierto, es un cocodrilo.

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios