De libros

vida después de Chirbes

  • El autor, una figura fundamental en las letras españolas, regresa de manera póstuma con 'Paris-Austerlitz', una historia de amor escrita sin concesiones, un libro infinito pese a su brevedad

Al final a los siglos, y a la literatura, los resumen sus muertos y sus conquistas. Ya se sabe que el XX fue el siglo de las guerras y el de la enfermedad, también el siglo de internet y el de la corrupción globalizada, pero eso de tanto que nos afecta casi aburre. El siglo XXI recogió con fidelidad el testigo y sigue siendo el siglo de las enfermedades, de las próximas conquistas (los áticos en la luna de sir Foster o la vacuna para aprender un idioma), y de las guerras más sofisticadas, más de moquetas y chesters, y menos de trincheras. El siglo XX se despidió con la pandemia del sida y el XXI viene con la pandemia del cáncer. Hemos perdido a las personas que hacen de los años un siglo por esta lacra que a todos hoy afecta de manera más o menos directa.

En pleno agosto, cuando parece que nada importante puede pasar, un cáncer de pulmón fulminante truncaba la vida de uno de los verdaderamente grandes de la literatura española de finales del XX y principios de este caprichoso XXI, y así rompía definitivamente la rutina de un escritor en estado de gracia que disfrutaba de la madurez en su oficio; un contador de historias que no querían ser contadas, de nuestros bajos fondos, que había publicado recientemente una de las novelas ya fundamentales de la historia de la literatura española, En la orilla (Anagrama, 2013). Y el verano del 2015 siguió, y la propia literatura de Chirbes siguió ya sin Chirbes: cierre para una herencia gloriosa de uno de los que crearon tiempo en nuestro espacio; uno de los que dinamitan la realidad por algo concreto que busca otra forma. Y así se fue Chirbes, y en el Mediterráneo siguió azotando la corrupción tan denunciada, y llegó el invierno con/en Paris-Austerlitz, novela póstuma del escritor valenciano que es un viaje entre los placeres y la enfermedad -valores tan cercanos- y un balance exclusivo de dos amantes: un francés maduro y un joven pintor español que narra el deseo desde el hartazgo de deseo y su elevación hacia la muerte sin abandonar el placer. Rafael Chirbes fue construyendo esta novela como los buenos poetas construyen sus mejores poemas, con perspectiva y reposo, sin demasiadas concesiones a nada que no sea fundamental, y así lo entendió él, y así nos obsequió con este relato infinito de 153 páginas sostenido desde una poda al lenguaje y a nuestra realidad pazguata de hoy a través de una historia de otro tiempo que transcurre en aquel París que proyectaba toda la luz que en España no se permitía ni ya se esperaba.

La novela trascurre principalmente en dos cuartos: una habitación donde se reposa y se envejece y se fornica, un cuarto que se abre poco y donde se respira demasiado, desde donde transcurre gran parte de esta historia de amor entre dos hombres; y otro cuarto aún peor ventilado, el del Hôpital Saint-Louis donde agoniza de sida Michel, el hombre francés, y desde el que su amante, a modo de confesión, se convence de un final al que le ayudamos a digerir y concretar como testigos.

Historia contada con el hambre de intensidad y desgarro que los verdaderos placeres provocan: "Je suis a toi, me dice Michel. Gime como si estuviera enfermo o drogado cuando empujo para meterme en él, y yo, también enfermo y drogado, quiero ir aún más allá, hacia un interior imposible". Chirbes no carpintea literatura, no hay zonas de reposo en esta novela, no hay concesiones a lo que no sea estrictamente punzante, y parcialmente verdad. En este amor no hay resto del manido sentimiento de culpa mañanero; ni la vieja -y tan poetizada y ya ridícula- tradición del marica autoculpabilizado, y presionado por una sociedad paleta que sólo ofrece ventanas de ojo patio como sentencia y final. El narrador consigue hacernos hueco en ese colchón, en los café tabac que van cerrando juntos: "Beber entre risas, roces y declaraciones de amor, más encendidas a medida que crece el nivel de alcohol, o si nos hemos dejado tentar por una raya, al volver a casa ponernos a follar durante horas enteras, o más probablemente revolcarnos sobre la cama intentándolo hasta que nos quedamos dormidos porque los cuerpos no dan más de sí tras la intoxicación". Y ese canibalismo sin concesión al sentimiento es lo que nos mantiene y nos conduce a la enfermedad y al amor, a la terapia en forma de confesión, a los apaciguadores de dolor y a las manchas que tienen aquí carácter protagónico: "Desde que detecté las manchas hasta que me hice las pruebas, sólo volví a verlo una tarde, y aquel día procuré que no me tocara. No lo ayudé a lavarse ni a cambiarse la ropa como había hecho en alguna ocasión, y apenas acerqué la mejilla a la suya para besarlo en el momento de la despedida (nada de flujos, de salivas ni contactos, pensaba, no puedo abandonarme al mal como él se abandonó, no puedo dejarme capturar, no puedo convertirme en víctima)".

El lector de Chirbes puede entender este parada de Austerlitz que ahora su autor nos cuenta como una parada anterior en su escala hacia Mimoum (Anagrama, 1988). Primera novela que arrastra mimbres de esta última novela. Esta ruptura del joven español en París puede presumirse como la antesala de esa huida hacia Marruecos, ahora como Manuel, el profesor español que también vive entre los extremos del deseo y la incapacidad momentánea de no saber dar carpetazo o asilo a lo que agoniza: "Fingía tomar a Hassam como objeto de análisis, pero en realidad me había enamorado de él". Aquí también se produce esa caída progresiva y radical del personaje, y esa huida de la ciudad como único antídoto para la enfermedad. Pero este Paris-Austerlitz es aún más contundente, más abrumador. Nunca antes había llegado tan lejos, tan al fondo de la pasión. Nunca se había dejado capturar de esta manera (je t'ai eu). Y sin embargo no fue otra cosa la que lo empujó a escribir las páginas más necesarias y brillantes de nuestra literatura contemporánea.

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