El peligro está en la calle. El virus anda suelto. Por inexplicables -si no bastardas- razones no te confinan formalmente en tu domicilio, pero te recomiendan que te quedes en casa. Y es lo que hay que hacer: como hemos dicho alguna vez aquí mismo, hay situaciones de enfermedad en que es preferible una cirugía intensa (confinar) durante un período más corto de tiempo que un largo período de tratamiento laxo que no logra la curación y, por ende, empeora al cuerpo enfermo.

En nuestra casa intentamos, en lo posible, construir un espacio de confort, de felicidad, que permita sobrellevar lo mejor posible este tiempo oscuro que tan largo se hace ya. Espacio propio que no debe confundirse con una burbuja aséptica que nos aísle de todo y de todos. Hay una serie de peligros que nos acechan en el encierro. Empezando por el sedentarismo y la sobrealimentación y sus efectos sobre la salud que es, precisamente, lo que intentamos preservar.

Pero entre esos riesgos quisiera destacar especialmente dos: la desinformación y la insensibilidad. Desinformación que surge de no querer saber nada de lo que pasa pues las noticias sobre la pandemia nos ponen peor. Al no saber lo mal que están las cosas nos confiamos en nuestra burbuja y, en cuanto abren la mano, ancha es Castilla y pasa lo de la última Navidad, que estamos pagando. Aún peor es la insensibilidad que nos lleva a pensar que somos de los que más sufrimos, que qué mal lo pasamos. Y se nos olvida que hay gente que no tiene ni casa donde confinarse y depende de llegar a tiempo a un albergue o de tener sitio bajo una cornisa. Gente que hace un oportuno régimen para que sus hijos coman tres veces al día. Que no tiene con qué pagarle a su hija el autobús para ir a sus sesiones de rehabilitación. Ellos están peor, no lo olvidemos.

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