Desde que escribo en esta esquina, ocurre que, por estas fechas, coinciden la celebración del Festival de Jerez y del Día de la Mujer, con lo que esta columna se ve claramente determinada temáticamente, con los riesgos que conlleva de una cierta repetición. Me arriesgaré un año más, no obstante, porque uno escribe lo que siente y porque, de nuevo, me sobran razones para hacerlo. El Festival está lleno de ellas por la presencia de una gran cantidad de mujeres creadoras que nos han ido regalando arte y belleza de las más diversas formas. No citaré a ninguna, porque me quedaría sin espacio, además de porque es otra cuestión la que quiero destacar. Tiene que ver con lo que una vez me dijo la bailaora María Pagés acerca de que, más allá de sus coreografías o su baile, lo que ella consideraba su mayor aportación a este arte era haber creado y mantener una compañía que da trabajo a veintitantas personas. Me ha venido esto a la cabeza por la presentación durante este festival de una nueva compañía, Flamenco Nómada, que han creado tres mujeres artistas para, en sus propias palabras, «contar historias, cosas, con el flamenco como vehículo». Ellas son la directora teatral Juana Casado, la cantaora Inma «La Carbonera» y la bailaora, y también cantaora, Ana Salazar. Las tres acumulan experiencia y trayectoria suficiente para afrontar un proyecto que se me antoja ilusionante por la valentía que suponen emprendimientos como este en el tiempo en que vivimos. Durante este festival hemos tenido la suerte de disfrutar de la primera producción que presentan, Flamenco Kitchen. Mujeres (también un hombre) que cantan y bailan en el contexto de una cocina, con toda su parafernalia de utensilios como atrezzo y una dramaturgia que te lleva de la risa al pellizco con un espectacular dinamismo. Si ven la obra anunciada en un teatro, vayan a verla. No se arrepentirán.

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