Se hacían llamar "Asociación Infancia Libre". Sin embargo, la particular manera que su fundadora tenía de liberar a la infancia hizo que apareciera en todos los telediarios cuando la detuvieron por secuestrar a sus hijos y esconderlos en una finca de Cuenca sin ir ni a la escuela.

Ahora han detenido a otras dos madres de la misma asociación y ya se empieza incluso a hablar de organización criminal porque resulta sospechoso que compartieran ese concepto de la libertad infantil según el cual lo más conveniente para la formación de un crío pasa por mantenerlo alejado de los demás críos, de su padre, de los profesores y de cualquier ser vivo que no ande a cuatro patas.

Parece que la educación convencional no acababa de entusiasmar a estas madres. Mientras hay gente que se echa las manos a la cabeza porque piensa que en la escuela pública a los alumnos se les adiestra en el travestismo, en la zoofilia (entre otras perversiones del satanismo democrático), se ve que también hay progenitores que se resisten a que sus hijos se corrompan por culpa del sistema heteropatriarcal, o que caigan en el consumismo depredador, y por eso prefieren mantenerlos lejos de las tentaciones de la carne procesada, de las cantantes macizas y de las televisiones de pago.

Sin duda, una buena manera de proteger a la infancia contra los peligros que comporta vivir en sociedad puede consistir en encerrarlos en un rancho, sin que los visite ni su padre. También se les puede amarrar con correas a la cama o hacer como aquel matrimonio californiano que retuvo a sus trece hijos en un sótano lejos de cualquier mala influencia durante los veinte años que tardó la policía en sacarlos de allí.

Lo que no se explica es que hablen de libertad para referirse al secuestro de los propios hijos. Es cierto que existe cierta inclinación a considerar que el campo abierto representa la libertad, o que ir descalzo te hace más independiente que llevar unos zapatos. Pero ni los gorriones son más libres que las ratas, ni tienen por qué serlo aquellas personas que no se lavan la cabeza con champú.

De hecho, criarse en medio del campo no hace más libre a un niño que criarse en Nueva York. Sencillamente le hará distinto, porque el que crezca en la gran ciudad no sabrá ordeñar vacas, pero el que haya pasado su infancia dando de comer a las gallinas no tendrá ni idea de cómo se llega en metro desde Brooklyn hasta Central Park.

Está demostrado. Una infancia feliz tiene más que ver con el vaivén de los columpios que con el libre albedrío. Por eso, hablar de infancia libre es absurdo. Tan absurdo como ir preguntando a los niños de cinco años si prefieren puré de berenjenas o un bollo relleno de chocolate. Tan absurdo como consultar a los bebés si tienen ganitas de vacunarse contra el sarampión o prefieren dejarlo para más adelante. Por tanto, hay que decidir por los pequeños a todas horas. Pero sin llegar al secuestro, que secuestrar criaturas indefensas no está bien visto en los países civilizados ni parece que lo esté en los países donde siga vigente la ley de la selva.

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