Jerez íntimo

Marco Antonio Velo

marcoantoniovelo@gmail.com

Jerez sin divisa grana y oro

El embarque del ganado no levanta este año una polvareda en nuestra nostalgia irrefrenable de Feria del Caballo en stand-by según el ínterin de la pandemia. Tampoco el viento por la cañada tiene voz de mayoral. Ni siquiera un contrabando de muerte llevan los siete toros de la remembranza de las sevillanas de los Romeros de la Puebla. Ni la tarde puso al día su divisa grana y oro. ¿Dónde están los farolillos, donde el mírala cara a cara que es la primera, dónde los guisos de lo sí vivido en el interior de la caseta de la Peña El Quema? ¿Dónde el pálido color de niños jerezanos emocionados porque han visto amanecer desde las claritas del día del Real? ¿Dónde la Avenida poblada de ambiente, en un vaivén de señorío a raudales? ¿Dónde los adolescentes, maqueados con sus chaquetas de Domingo de Ramos ahora bailando sevillanas, que sonríen a los amores primeros cogidos de la mano como quienes se engarzan a la palpitación de la noche enamorada de Andalucía? ¿Dónde la grupa de una montura que galantea guiños de donosura? ¿Dónde "¡rumbo y elegancia de esta raza vieja,/ que gasta diez duros en vino y almejas/ vendiendo una cosa que no vale tres!"? ¿Dónde las escopetas de plomillo y los trabucos de juguete del Algarrobo? ¿A do fue a parar los "rejones de salero, lances de torero, son de cascabeles, cristales encendidos, el oro fundido donde el vino se bebe"? ¿Dónde el "perdona que te recuerde la historia de nuestra pasión de aquel primer beso que nos dimos a escondidas" de Rafa Serna en la caseta de las Hermandades? ¿Dónde el alumbrado que se enciende en las retinas de las jerezanas guapas? ¿Dónde el braceo de la convidá? ¿Dónde las reuniones de empresas y la foto de rigor? ¿Dónde ese lenguaje del "silencio, por lo que ustedes más quieran, guarden silencio por Dios, que es tiempo de primavera, y están hablando de amor"?

Para mí tengo que el virus -avaricioso como un Midas en versión señor Hyde- se está pasando de rosca. Como no ha sabido truncar del todo la ilusión de los cofrades en su supino desconocimiento de la cosa semanasantera, ahora la lía parda -entrando, zambo, como elefante en cacharrería- sobre el albero de la universal fiesta de las sevillanas al jerezano modo. ¿Quién le habrá dado vela en este entierro? El virus es un gachó malaje que agua todas las tradiciones. Que se ha empecinado en meter la pata hasta el corvejón. Que quiere, el tío guasa, colarse de rondón donde no le llaman (ni a voces). El virus no es gallogallina, no es indeciso, sino tozudo como un fanfarrón frente al cristal mate de su espejo deformante.

Al virus se le ha metido entre ceja y ceja que la chavala no estrene su traje de flamenca. Ni que pequeñajos de apenas dos, tres, cuatro años reconozcan en el Real una de las más prístinas y genuinas señas de identidad de la ciudad. Ni que los caballos poeticen la elegancia de este Jerez que… ¿hoy se siente pájaro herido, romance sin versos, cerradura sin secreto, Real sin casetas? Sólo a medias. Porque Jerez es ciudad de esperanza, de Esperanzas. Y Jerez cree a pies juntillas en la filosófica ley del eterno retorno. Y no hay bicho malo que pueda con sus bondades ni mal que cien años dure. El virus la lleva clara si, ufano, ha creído suspender, de un plumazo y para lo sucesivo, la ciudad efímera cuyo cromatismo por mayo de nuevo crece en el González Hontoria, como memorial del gozo que también se baila y se canta de generación en generación. Como un brindis al pronto asomo del Pastorcito Divino. Ya lo profetizó Romero San Juan: Qué poderío, qué poderío, qué poderío tiene que tiene, tiene la Feria, tiene el Rocío…

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