Jerez íntimo

Marco Antonio Velo

marcoantoniovelo@gmail.com

Jerez y aquella calle Prieta de cuando entonces

A la antropología de nuestros sentimientos más incólumes solemos llamar nostalgia. No todo tiempo pasado siempre fue mejor si lo desligamos del compartimento estanco de la infancia. Así como el poeta Fernando Villalón dejó escrito –y subrayado con enérgico trazo de carboncillo– que “el mundo se divide en dos: Cádiz y Sevilla”, asimismo podemos afirmar sin temor al equívoco que los gaditanos y jerezanos a su vez también se dividen en dos: aquellos que disfrutaron de una infancia enteramente feliz y aquellos otros que, por males del diablo cojuelo, no tuvieron semejante suerte.

Porque pertenezco por largo y por méritos de mis padres y por carácter propio (y por suerte concedida merced a los hados favorables) al primer subgrupo, para mí tengo que una niñez infeliz –he conocido algunos traumáticos casos– es la mayor injusticia observable desde que el mundo es precisamente eso: Tierra de paso firme y universo que a todos nos engloba y nos cataloga por igual.

La nostalgia se torna recuerdos vivos en el adulto que de continuo reflota al niño que gravita dentro de su ser, no como inquilino de lo caduco sino como patrón de la identidad. Todos estamos cosidos a nuestro destino por la aguja de oro –o de plata oxidada, según los casos– de nuestra personalidad. Si escribiéramos con latidos simbolistas, podríamos consignar que un hombre maduro no es sino un niño podado de fragmentos blasfematorios. El referido Villalón insistía en que ni por asomo abandonaría ni se saldría de la orografía de su Sevilla capital y La Barrosa.

Así nosotros ahora también pisaremos el asfalto de la remembranza a raíz del fallecimiento este pasado viernes de uno de los empresarios carniceros más perseverantes e innovadores que ha sostenido la intrahistoria jerezana de buena parte del siglo XX y alguna porción del XXI: don José Campos Arniz, viudo que fue de una de las vecinas más dialogantes y generosas del barrio de San Pedro: Rosario Sánchez Trapero. Pepe y Rosario trajeron al mundo a hoy tres carniceros de excelencia profesional -buenas personas donde las haya: Manolo, Pepe y Miguel Ángel –cofrades de la Coronación y capataz y auxiliares respectivamente del paso del Señor de la Vía-Crucis en la franciscana Madrugada Santa de Jerez–.

La muerte del patriarca de la familia Campos nos retrotrae, en efecto, a la primera línea de esta columna de mármol del templo inmaterial de la Albarizuela: a la antropología sentimental de una calle céntrica y castiza que antaño fue gloria transitable de su propio esplendor social/comercial: la calle Prieta, denominada tal que así en atención a una señora mulata –‘la Prieta’– con domicilio en este lugar de la Villa y cuyo color de piel sirvió de referencia para la localización de la vía. Calle Prieta de las décadas de los 60 y70 con la carnicería de Campos, calle de los vendedores de higos chumbos en verano –con charlas de las vecinas al frescor de la anochecida entre aspidistras–, calle Prieta con corrales al final de los patios interiores.

Calle Prieta del practicante García Villegas, de Eugenio el farmacéutico, de la tienda de Genoveva y sus batiditos La Merced, la familia Franco, el periodista Rodrigo de Molina y sus libros en cuarto creciente, la droguería de Lanzarote, el almacén de Cevallos, Salita el del pan, doña Consuelo (esposa de Velo, el cristalero), el tabanco Navero...  Para mí la calle Prieta era sinónimo de “casa la abuela”, un muñeco ciclista sobre el aparador, la colección ‘Márvel Comics Group’ de mi primo Manuel –Los Vengadores, Capitán América, Los invasores, Estela plateada– y unas rodajitas de morcilla con cante de Lola Flores en aquellas Navidades en las que los canarios afinaban cánticos de ensueño al caer la tarde... Con la muerte de José Campos Arniz desaparece toda la nómina del vecindario de una época que, como cantaba Franco Battiato en ‘La estación de los amores’, “ya no volverá, no regresará... Jamás”.

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