Nos hemos reído muchas veces recordando lo que contaba nuestro Cansinos Assens, en ese baúl sin fondo que es La novela de un literato, sobre aquel empleado de las viejas redacciones del Novecientos cuyo cometido consistía en cumplir las penas de prisión que las autoridades imponían a los periódicos que se saltaban la censura. Tendríamos que localizar el pasaje, pero no vamos a levantarnos ahora, como solía decir Umbral, y bastará con la evocación siempre traicionera de la memoria. El Gobierno dictaminaba, el patrón del diario obedecía y el pobre hombre de turno hacía el petate camino de la mazmorra. Conste que tal como están las cosas -a un paso de pagar en lugar de cobrar por juntar líneas en los papeles- no sería tan de lamentar que le dieran a uno posada sin escribir ni un folio, pero la anécdota es reveladora de la laxitud con la que se aplicaba ese tipo de condenas. Conviene precisar una vez más que la con razón llamada edad de oro del periodismo coincidió con largos periodos en los que estaba vigente la censura, durante la dictadura de Primo y también durante la Segunda República, lo que no impidió que ocuparan las planas las mejores plumas de un tiempo en el que los lectores se medían diariamente con firmas como las de Unamuno, Ortega o Azorín, por citar sólo tres nombres entre tantos, además de leer los artículos, crónicas y reportajes de grandes como Pla, Camba, Gaziel, Ruano o Chaves Nogales. Ni siquiera durante el franquismo, que en su última etapa vivió una verdadera eclosión de nuevos medios, desaparecieron los periodistas que no renunciaban a cuestionar el relato oficial, aunque hubiera que leerlos entre líneas. Cualquier persona mínimamente familiarizada con esta historia, que no parece sea el caso de ninguna de las que rodean o asesoran a nuestros gobernantes, más de redes y esas cosas, sabe que es inútil arremeter contra las voces críticas, vengan de donde vengan. Hay periódicos monárquicos y otros que se han especializado en denunciar los tejemanejes de la realeza, hay la llamada prensa de partido -muy del gusto de los nacionalistas aborregados, ahora también de quienes habiendo alcanzado los poderes ejecutivo y legislativo sueñan con extender su control a los restantes- y la tradicionalmente afecta a las ideas conservadoras, liberales o socialistas, hay y ojalá haya por mucho tiempo decenas de cabeceras que pueden seguir la línea que les dé la gana a sus editores, del mismo modo que dentro o desde fuera de ellas cada uno dice lo que quiere y responde por ello y se atreve o no se atreve a llevar la contraria. Se llama libertad de prensa y logra siempre imponerse a la tentación de imponer mordazas.

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