Es la imagen que me hago del infierno: el patio de un colegio a la hora del recreo, con cientos de niños desgañitándose, corriendo en todas direcciones, presas de un delirio pánico, pateando latas, bocadillos, incluso balones, y tirando de las coletas a las niñas que más chillan a este lado del Atlántico. Pero eso me ocurre porque ya me hice mayor y ahora me parezco a aquellos cascarrabias que nos llamaban gamberros cuando éramos chavales y amenazaban con darnos de palos si volvíamos a llamar a su timbre para salir después corriendo.

Que sea un infierno para mí la infancia, se entiende. Lo que no se entiende tanto es que se pueda convertir en un infierno para los propios críos. Y eso está pasando. Uno de cada tres alumnos andaluces, al parecer, sufre alguna suerte de acoso, y eso es una barbaridad. Como no tengo a mano ningún aparato que mida la mala leche generacional, me cuesta comparar el grado de crueldad desarrollado por los chavales de ahora con las versiones del salvajismo infantil que dominaron otras épocas. Pero lo intentaré.

Cuando yo tuve esa edad, la palabra 'acoso' solía ir acompañada de otra -derribo- y se empleaba para hablar de ciertas faenas camperas relacionadas con el mundo de los toros. Pero crueldad había, porque la infancia es de suyo puñetera. Lo que quizás pasara es que había menos oportunidades, ya que desde casa difícilmente podíamos fastidiar a nadie que no fuera de la familia, como se puede ahora con un ordenador. Además, nuestra crueldad era un poco primitiva porque ni salíamos a la calle con un teléfono que pudiera mandar insultos, ni podíamos grabar vídeos que inmortalizasen nuestras barrabasadas.

Nosotros, que ya les parecíamos unos mimados a los que habían sido niños antes, lo que sí sabíamos es que el mundo real estaba muy duro. El suelo al que nos caíamos de boca estaba duro, los puños de los niños rabiosos estaban duros, y hasta un cosqui bien dado tenía su punto de dureza. Aquel aprendizaje por percusión era un fastidio, pero tenía una ventaja: desde muy pronto nos hacíamos una escala de lo que duele cada cosa.

Contra lo que a veces se critica de los chavales de hoy, tengo serias dudas sobre que se hagan un lío con lo que es la fantasía y la vida real. Salvo contadas excepciones psiquiátricas, el crío que se ha pasado la tarde ante una pantalla degollando soldados de mentira, cuando deja de apretar los botones, no confundirá a su padre con un mercenario al que haya que rebanar el pescuezo. Lo que sí me temo es que no se entere del daño que puede hacerse a los demás, pero no por una maldad intrínseca, sino por torpeza: porque es un ignorante absoluto en materia de dolores.

Como el mundo que les hemos construido los adultos es tan blando, y el suelo en el que aprendieron a jugar era de gomaespuma (y los toboganes por los que deslizaron sus culos ni siquiera estaban oxidados), muchos chavales han crecido matando ejércitos virtuales pero sin desollarse las rodillas, y ahí reside la clave de este disparate: quien no sabe lo que duelen las cosas en las propias carnes tampoco sabe lo que les duele a los demás.

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