Begoña García / González-Gordon

Sal sosa

violetas y babuchas

20 de mayo 2011 - 01:00

EL sándwich me estaba resultando bastante insulso. Lo había hecho a toda prisa con un resto de carne fría de la nevera y tenía poco sabor. Masticaba aburrida cuando, inesperadamente el gusto se me alegró: mmm. Era uno de los granitos de sal que se habían quedado incrustados en la costra del redondo. Me dejé maravillar por el hecho de que una pizca tan diminuta, tan insignificante, fuera capaz de transformar un bocado tonto en algo exquisito. Y recordé la cita bíblica: Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué la salarán? Sólo sirve para tirarla fuera y que la pise la gente.

Sigo con mi sándwich. Mordisqueo despacio, sonriendo sola cada vez que un granito de sal reaviva un bocado. Y sigo discurriendo. La idea de la sal sosa me lleva de la manita al vosotros sois la sal de la tierra y acabo pensando en los jóvenes. Cristianos o no, lo deseen o no, sólo ellos pueden sazonar el mundo.

A continuación, de un brinco, mi asociación de ideas me planta en el futuro. Allí veo jóvenes entusiastas cambiando cosas, maquinando, inventando. La siguiente asociación, por contra, me lanza de bruces sobre el maldito desempleo, sobre el augurio de la generación perdida, sobre el mileurismo que ha pasado a ser de despreciado a deseable. Jóvenes y más jóvenes desfilan por mi imaginación: los que sólo ansiaban llegar a funcionario, los que por ellos se quedarían a vivir para siempre en casa de sus padres, los que seguirían escogiendo la vía más fácil, la vida cómoda.

¿Qué pasará si la juventud se convierte en sal sosa? ¿Con qué harán sabrosa la vida, con qué progresarán, con qué sobrevivirán? ¿Con qué la salarán? ¿Qué será de las empresas si nadie quiere arriesgar? ¿Qué será de la inventiva sin nadie queriendo esforzarse? Si nadie persevera, ¿qué será de la investigación? Mi mente sigue dando tumbos, haciendo cabriolas, atando cabos. Y de pronto veo gente triste, ciudades mortecinas, todo muy soso. Otra pirueta de mi mente me lleva de vuelta a la cita. Sólo sirve para tirarla fuera y que la pise la gente.

Con un escalofrío termino el sándwich, dejo de saltimbanquear por mi mente y vuelvo a mis cosas. A los pocos días me entero de los miles de internautas concentrados en la plaza del Sol. Y de que nadie tiene muy claro lo que hay detrás. ¿Será la sal? ¿Será sal sosa? Ya se verá. También abro un correo de Proyecto Hombre. Van a celebrar su veinte cumpleaños con una jornada hablando de los jóvenes. Porque no todos tienen conductas deplorables, los hay responsables, respetuosos, esforzados. Y que hay que cavilar mucho y bien para ayudarles a todos.

Pues sí. Mis hijos ya pasaron la adolescencia hace tiempo, pero creo que voy a ir. A escuchar, a aprender. Por si surge la oportunidad de poder poner mi granito de sal en algún sándwich.

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