El fanatismo se viste con la ropa de la defensa de los principios. Le he pedido prestada esta cita, o más bien se la he robado, al soberbio periodista polaco Adam Michnik. El mensaje encaja a la perfección, como en una buena mano de Tetris, en el escenario de las políticas desquiciadas que se ha levantado en este país de nuestras entretelas, donde el sectarismo nos ha hecho una envolvente, lamiendo con ponzoña todo lo que ha encontrado a derechas e izquierdas, representando un espectáculo fatuo en el que los sectarios, sectarias y sectaries alzan la barbilla y se ponen dignos para dispararnos flechas disfrazadas de ideales.

El último ejemplo palmario de esta corriente de ignorancia e intransigencia saltó desde los teletipos y crónicas parlamentarias el martes, cuando en el Congreso de los Diputados, donde en teoría reside la voluntad popular y todas esas cosas, tres grupos políticos, tres, se ausentaron del minuto de silencio por David y Miguel Ángel, los dos guardias asesinados en Barbate. También faltó Podemos, aunque los morados explicarían después que no fue por “intencionalidad política” sino porque una reunión previa les impidió llegar a tiempo a la sesión plenaria. Lo de Esquerra, Junts y EH Bildu sí fue intencionado. Y tanto. Porque eran guardias civiles, porque eran españoles, por el Estado opresor, vete tú a saber. Oficialmente, desde sus respectivos extremos, coincidieron en justificar su ausencia alegando que la propuesta del homenaje a los agentes había salido del otro extremo, el de la bancada de Vox. Y así todo. Cuando no son los unos son los otros. A las trincheras, ese es el mandamiento. En esto se ha convertido buena parte del politiqueo patrio, incapaz siquiera de dejar de escupirse un rato para detenerse a lamentar la muerte salvaje de dos padres de familia, servidores públicos, que intentaban defendernos a todos del narcotráfico.

Y siendo preocupante esta ceremonia del sectarismo, lo verdaderamente jodido es ver cómo van calando en la sociedad sus tesis repugnantes y rebuscadas, las teorías grasientas y grandilocuentes con las que se empeñan en separarnos. Es un circo tétrico que cada vez tiene más pistas: la familia, los amigos, el trabajo y, por encima de todo, las redes sociales. Días atrás, sin ir más lejos, compartí en mi muro de Facebook, a petición del colegio de mi hija, un vídeo de treinta segundos sobre los aspectos que más valoro del centro, que es un centro concertado de carácter religioso. Únicamente por decir lo que me gusta del cole de mi hija ha habido un tipo que me ha ladrado diciendo que estoy en contra de los colegios públicos, que creo que no son seguros, que no se aprende en ellos… Una sarta de barbaridades colosal. No le he respondido. No hablo con sectarios.

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