Tiempo de granar

Imagino el alma humana como una granada estallante de granos, vida y experiencia

Me decía un buen amigo hace unos días que últimamente se emocionaba por todo. No sé si es la edad o que me estoy volviendo sensiblón, explicaba con coquetería porque ni es mayor ni es un alma cándida e impresionable sin motivo. Me he vuelto de lágrima fácil, sentenciaba atónito y un tanto vergonzoso por esa explosión incontrolada de sentimientos.

Le conté la cantidad de veces que me hubiera gustado estar como en el cine a oscuras para poder llorar a gusto y no tener que disimular. En cuántas ocasiones, cuando he querido consolar a alguien querido, me he tenido que quitar de en medio porque los ojos se me arrasaban de lágrimas. Peor aún, la de veces que, viendo a unos niños jugar, una pareja besarse en medio de la calle, un paisaje distinto, un cuadro especial, me he emocionado en la propia contemplación sin poder contenerme ni explicarlo. Es algo íntimo que no se sabe de dónde brota. O sí.

Se me vienen a la mente esas granadas que han reventado con el grano a la vista, las débiles membranas fragmentando su laberinto interno, velando su color intenso y traslúcido. Granadas representadas hasta la saciedad en pintura y en retablos barrocos, como símbolo de amor, de belleza, de fertilidad, de pureza, de pasión, de resurrección y también, no todo iba a ser bueno, de martirio. Los egipcios hacían vino y se enterraban con granadas. Los babilonios las plantaron en sus jardines colgantes y masticaban sus granos antes de entrar en batalla para ser invencibles. Imagino el alma humana como una granada estallante de granos, vida y experiencia. Transparente y misteriosa a la vez. Fuerte y débil a un tiempo. Breve y, cuánto más madura, más intensa. Cultivada más que culta.

Hay a quien la vida le endurece y hay a quien nos vuelve más vulnerables. El proceso, como todo gran misterio, lo ignoro. Hay quien se vuelve más poroso y abierto y quien se encierra en sí mismo a cal y canto. Hay quien viene de vuelta y hay para quien todo es sorpresa y deslumbramiento. Hay quien se queda en la continua pérdida que es la vida y quien va de hallazgo en hallazgo. Hay quien se forma su coraza y hay quien descubre su propia desnudez y la de los demás. Hay quien se retrata en todas partes y hay quien se ve sólo en los demás. Todos deberíamos llegar a ser una granada rota con su fruto a la vista, breve, intenso y transparente, que es el sabor que dejan los mejores frutos cultivados. Estamos a tiempo de granar.

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