Vente

Cerrar bien la puerta y dejar bien abierto el corazón, aunque haya corriente

Son las dos de la tarde y escucho a los peseteros que van y vienen. Me sobresalta el trallazo del látigo que un cochero hace chiscar contra el suelo como aviso de clarines. Es la advertencia de que el tiempo pasa y no espera ni al mejor de los toreros.

Quiero llegar a casa y ponerme un traje de gitana y beberme la vida entre amigos, que eso es la feria. El traje está un poco más estrecho que el año pasado y la flor que tarda en encajar en esta cabeza a pájaros.

El mantoncillo me deja enredarme en sus flecos y los corales antiguos cuesta cerrarlos. Y buscar los zapatos viejos que menos duelen y disimular la cara de cansancio y templar los nervios porque a mi la feria me da nervios.

Y meter las tres cosas imprescindibles en el bolsillo escondido. Y volver a mirarme antes de salir. Y asegurarme de que está todo apagado. Cerrar bien la puerta y dejar bien abierto el corazón, aunque haya corriente.

Ya en la calle huele a bosta de caballo y al azahar torcido y marchito de los naranjos luneros, y a la fritanga de los bares y al calor, que también tiene su olor hiriente y secreto. Una niña sin girarse se mira de reojo en un cristal de la calle mientras se estira como un gato para parecer más delgada. Otra jovencilla se retoca el moño e intenta sujetar un mechón rebelde que se le escapa nada más soltarlo. Pasa un hombre mayor queriendo ser lo que fue, con un clavel reventón, una corbata disparatada y pasada de moda, un terno color albero y la mirada llena de melancolía.

Al poco le adelanta un joven con tipo y andares de torero que aligera el paso para alcanzar a la gitanilla que continúa retocándose el pelo. Una pareja va estrenando su amor correspondido y a ratos se cogen de la mano, y él la suelta y la coge por la cintura y ella se vuelve y se besan y se detienen y se quedan mirando porque a esa edad la vida no tiene prisa y el amor es eterno mientras perdura. Un grupo viene hablando a voces como si ya estuvieran en una caseta ruidosa, parecen vencejos chillando a la caída de la tarde mientras sobrevuelan incansables el cielo azul de junio.

Y los puestos de turrón que nadie compra. Y los altramuces, cocos y chufas con su fuentecita de agua sospechosa para los que salen de la feria contentos y con otra sed. Y la niña chica taconeando feliz con sus zapatos nuevos.

Y el taxi que al abrir la puerta deja escapar el cante de La Macanita. Y la puerta de la feria tan grande y tan abierta. Vente.

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