Hagan ustedes la prueba. Bajen al supermercado y compren un tintorro de tetrabrik, el más barato que haya. Provéanse de un embudo y de una botella vacía, etiquetada con alguna marca prestigiosa (el Château Pétrus no está mal) y con buen pulso procedan a rellenarla, pero con cuidado de no derramar nada, puesto que los envases de tetrabrik, además de ser económicos, traen bastante más vino que las botellas, así sean de la mejor bodega de Burdeos. Por último sírvanlo a su temperatura y en las copas adecuadas. ¿Saben lo que ocurrirá a continuación?

Lo que ocurrirá es que, después de catarlo, la persona a la que se lo hayan servido lo escupirá poniendo cara de asco y preguntando qué bazofia es esa que pretendemos hacer pasar por algo fuera de serie. A ver si se iban a creer ustedes que la gente se chupa el dedo.

Ahora bien, si el cambiazo se da, no con un vino peleón, sino con uno de reserva algo más cuco, el experimento arrojará resultados muy diferentes. Más que nada porque las personas normales, igual que están dotadas para diferenciar el chóped del jamón ibérico, están dotadas para distinguir entre un vino de un euro y otro de cinco. Pero cuando se ven obligadas a opinar sobre uno de cuarenta euros que se quiere hacer colar como si costara cuatro mil, la cosa se empieza a complicar.

Por eso se pusieron las botas los timadores que acaban de detener en España por falsificar botellas de alta gama y venderlas en todo el mundo a los ricachones que pagaban un precio cien veces más alto del que habría que pagar por lo que traían dentro. Pero como lo que traían dentro esas botellas eran vinos bastante potables, el fraude funcionaba. Hasta que dieron con un cliente danés que no se tragó la bola.

Pero es normal que haya costado descubrir el fraude porque, para convertirse en un experto y saber distinguir entre un Pingus del 2004 y otro vino excelente de Ribera del Duero, como hizo este cliente danés, habría que dejar por una temporada el tinto con sifón y almorzar diariamente con una botella de esas hasta familiarizarse con su buqué. Y a casi dos mil euros que está en el mercado el Pingus del 2004, me parece un capricho al alcance, si acaso, de esos futbolistas a los que el buen vino, para colmo, no les hace ni fu ni fa.

Falsificar un Picasso está chupado porque todo el mundo distingue entre un Picasso y un Goya, pero casi nadie encontraría la diferencia entre un Picasso de verdad y uno postizo. De hecho, yo juraría que en los museos ni la mitad de los cuadros los pintaron quienes dice el letrero que los pintaron. Sin embargo, a todo el mundo le hace ilusión plantarse ante la Gioconda, así sea la auténtica o una copia que haya hecho un señor de la Coruña. Y la misma mitomanía se tiene con el vino. ¿A quién no le hace ilusión descorchar un rioja magnífico de una añada legendaria? A cualquiera, aunque luego resulte que ni es tan magnífico, ni es de ese año, ni a lo mejor es siquiera de Rioja.

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