César Saldaña

Presidente del Consejo Regulador

Adiós emocionado a un jerezano cabal… de Bilbao

Juan Luis Bretón, junto a la alcaldesa y el presidente del Consejo Regulador, durante la Cátedra del Vino de 2023.

Juan Luis Bretón, junto a la alcaldesa y el presidente del Consejo Regulador, durante la Cátedra del Vino de 2023.

Nos ha dejado Juan Luis Bretón y se me hace difícil elegir por dónde empezar unas líneas que pretenden ser de homenaje y agradecimiento. Todas aquellas personas que hayan podido tener un mínimo interés por las cosas del vino ya saben que ha sido un personaje fundamental en la historia reciente de nuestra actividad vinícola. Y todos los muchos que tuvieron la suerte de conocerlo personalmente también saben de su calidad humana, de su simpatía y de su saber estar. No voy a volver a glosar su impresionante currículum profesional ni sus extraordinarias aportaciones a Jerez y al jerez; aportaciones que son sobradamente conocidas, aunque quizás no hayan sido suficientemente valoradas. Juan Luis ha sido un testigo privilegiado de muchos de los acontecimientos que nos han traído hasta donde estamos y, en no pocas ocasiones, auténtico protagonista de la historia de este sector económico al que tanto debe nuestra ciudad y su comarca.

Ocurre que, cuando se nos va alguien cercano, suelen mezclársenos en la cabeza y en el corazón muchas sensaciones distintas, porque generalmente con esa persona se nos van más cosas. En este caso y en lo que a mí respecta, la pérdida es tanto en lo profesional como en lo personal. Con Juan Luis se me va un confidente; alguien con el que me he 'charlado' cientos de copitas, en todas y cada una de las cuales he aprendido algo. A veces escuchando y otras veces tratando de explicarle (y así explicarme) las cosas que iban sucediendo en el sector. Juan Luis escuchaba bien, que es una rara habilidad. Asentía siempre, pero luego te devolvía sus razonamientos, llenos de sentido, sabiduría y mesura. Tan bien pensados que siempre eran útiles, le hicieras caso o no. Él ya lo había vivido todo en el sector, pero carecía de soberbia y entendía por tanto que hay que aprender todos los días. Entendía que las circunstancias cambian y que la experiencia (toda, en su caso) sirve para lo que sirve, porque cada momento requiere sus fórmulas. Lo que era inmutable en Juan Luis eran sus principios y su visión siempre optimista, por mal dadas que vinieran.

Aunque empecé a trabajar en el sector en 1985, apenas fueron dos años los que Juan Luis y yo coincidimos en puestos de responsabilidad colectiva. Yo llegué al Consejo Regulador en 2000 y Juan Luis Bretón dejó la dirección de Fedejerez en 2002. Por supuesto, el ya gozaba de mi admiración desde mucho antes, pero fue durante ese breve tiempo cuando pude comprobar de primera mano sus extraordinarias dotes para la gestión de lo colectivo. Pocas personas he conocido que sean capaces de analizar los hechos y la circunstancias que los rodean como Juan Luis Bretón. Pocas en la que el pragmatismo, la ponderación de lo que es posible, se alíe tan bien con el respeto a los principios propios y a la comprensión de las posiciones ajenas. Pocas que sean capaces de encontrar los aliados en los sitios más insospechados, sin olvidar nunca cuál es el propósito que se defiende; sin olvidar qué es lo que debe dolerte.

Pero además de ese referente profesional, se me va con Juan Luis una parte fundamental de mi pasado, de los hechos y las personas que me ha traído hasta aquí. Juan Luis mantenía viva en mí una cuota importante de la memoria de mi padre; me lo hacía presente en nuestras conversaciones, aunque rara vez habláramos de él. Arcadio Saldaña empezó a trabajar en este sector el mismo año que yo nací y, además de su dedicación a la casa bodeguera en la que desarrolló toda su carrera, se implicó intensamente en los asuntos colectivos, tanto a nivel sectorial como nacional. Y eso, en el Jerez de los años 80 y 90, era algo imposible de hacer sin estar en contacto diario con Juan Luis Bretón. Así que eran innumerables las ocasiones en las que, estando en casa, oíamos a Carmen, nuestra inolvidable asistenta, gritar desde el teléfono del pasillo “Don Arcadio, el Señor Bretón”. Y eso a cualquier hora, porque una cosa que sabíamos en casa era que ni mi padre ni el Señor Bretón tenían un horario definido. El Señor Bretón era, en nuestro imaginario doméstico, el sector del vino de Jerez. Si mi padre estaba hablando con el Señor Bretón, estaba lidiando con el JEREZ con mayúsculas. No eran temas de la bodega, asuntos puntuales del convenio o del Ministerio: era todo a la vez. En casa nos imaginábamos al Señor Bretón como un enorme negociado, donde se gestionaba todo aquello que tenía que ver con el vino de Jerez.

Me consta que en aquella época se fraguó un afecto sincero entre mi padre y Juan Luis. Un afecto basado inicialmente en el sentimiento de formar parte de un mismo proyecto, pero que sin duda se alimentó también con el reconocimiento recíproco de virtudes tan importantes como la sinceridad, la generosidad y el respeto. En definitiva, por la nobleza de espíritu que compartían. Ambos formaban parte de esa irrepetible generación de jerezanos (unos de aquí, otros de fuera), que tanto dieron por este sector. Y es curioso lo que ocurre con el cariño, un sentimiento frecuentemente dado a la triangulación. Yo sé que Juan Luis me apreciaba, en parte, porque él veía en mi un algo de Arcadio, de su compañero de equipo de tantos años. Y, como he dicho, yo también veía siempre en él un algo de mi padre, lo que sería razón más que suficiente para regalarle mi afecto.

Pero hay más razones. Con Juan Luis se me va un amigo. Ese trabajo compartido y esas copitas charladas han ido forjando una amistad que ha cruzado los límites de las generaciones y de los momentos profesionales. Una amistad cimentada en el respeto mutuo, en la camaradería de los que trabajan por los mismos fines y, en mi caso, en la admiración y la gratitud por tantas cosas. Su último regalo fue su extraordinaria conferencia con motivo de la Cátedra del Vino de las Fiestas de la Vendimia 2023, en la que nuevamente nos obsequió con sus bastos conocimientos, compartió algunas de sus múltiples vivencias y nos dejó algunas pinceladas de su fino humor -mezcla de retranca vasca y desparpajo andaluz- que no era sino otra forma de expresar su sabiduría.

Seguirá sin duda Juan Luis presente entre nosotros, porque su huella sobre esta tierra jerezana ha sido profunda. Seguirá vivo en Martxeli, en sus hijos y en toda su maravillosa familia. Pero sin duda también en el recuerdo de tanta gente que, como yo, tuvimos el privilegio de conocerlo y quererlo. Brindo por ti, Juan Luis, con esa copa de amontillado que tanto te gustaba. Gracias por todo.

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