El primer día

Este tiempo raro me ha robado muchos convencimientos

Europa ha muerto, me dice un amigo poco dado a las frases rimbombantes. ¿Morir un muerto? me pregunto con la boca chisca. Este tiempo raro me ha robado muchos convencimientos y me ha dejado en una suerte de intemperie mental y emocional. Y veo ese mismo día por la tele aparecer renqueante al Papa. Solo y viejo, pidiendo por una humanidad también vieja, sola y renqueante ante la epidemia. Pienso en ese momento en la resurrección de los vivos, en la oportunidad de estrenar la vida que vamos a tener los que salgamos de esta. Y siento miedo, esperanza y emoción.

Me espera el árbol del amor que tengo frente a casa con sus flores casi marchitas y el banco de la calle al que me cruzo a leer cuando hace sol. La buganvilla impaciente está comenzando a cubrir su fachada anunciando la plenitud de mayo. Los naranjos tienen ya torcido el olor del azahar que es su manera de pregonar que el tiempo pasa fugazmente. El semáforo de la esquina aguarda a que pulse su botón para ponerse en verde y dejarme pasar o a que me lo salte como tantas veces. Las palmeras esconden el dulzor de sus dátiles que estallarán en cargados racimos en muy poco. Los mirlos que nunca me hacen caso buscan distraídos por el suelo su tesoro del día. Y los coches aparcados de distintos colores forman un arcoíris que me anuncia que la vida nos espera y que habrá que estrenarla, que estamos en vísperas. En vísperas.

El primer día de mi nueva vida enseñaré mis canas para presumir de haber llegado hasta aquí, y escogeré un vestido que me guste mucho, de esos que tengo reservado no sé para qué. Para esto. Me pondré tacones para oír bien mis pasos y mirarme de reojo en los cristales al pasar. Me pintaré tan mal como siempre y me dejaré el pelo suelto como si quisiera conquistar a alguien. Tendré que salir muy temprano, con tiempo para ver bien todo lo nuevo, que no se me escape un detalle. Me despediré con un beso profundo y nervioso, como si fuese lejos porque, en verdad, no sé muy bien dónde voy. Sonreiré desde que ponga un pie en el ascensor y esconderé mi sorpresa de principiante. Y a mi paso iré saludando a la limpiadora, al portero, al solitario que pasea al perro, al camarero que espera en la puerta para servir desayunos, al viejo que va a comprar el periódico, al barrendero con su carrito cósmico, a los que me cruzo porque van en sentido contrario, pero, al mismo lugar, a sus afanes. Habrá vida. Y lloraré, seguro que lloraré.

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