Doble fondo

Roberto Pareja

Morir de éxito

Todos tenemos una cita inexorable. Con la nada, según la óptica de la ciencia; con el cielo o el infierno, si se mira religiosamente. Es para preocuparse, en todo caso, por el fondo y la forma. Nadie garantiza que el paraíso no sea de lo más aburrido y es dudoso que el infierno sea mucho peor que esto. Las posibilidades sobre cómo vamos a morir oscilan entre lo terrible y lo laxo, pero si hay un oxímoron que se las trae es el de morir de éxito, eso que sobrevuela Podemos.

Morir de éxito es el resultado de que, por ejemplo, un proyecto avance tan soberbiamente que la capacidad de gestión de sus urdidores se vea desbordada. Como montar una empresa de venta por internet y que a las primeras de cambio lleguen pedidos a miles. Si no hay infraestructura -mental y material-, estamos perdidos. Como ese grupo de profesores universitarios que pusieron en el escaparate mediático sus ideas y se las compraron en masa. Más de un millón de personas, a los cuatro meses de fundar un partido, en las elecciones europeas de mayo de 2014. Y la bola de nieve rodó y creció y creció en las municipales y autonómicas de 2015. Y, a pesar de los pesares mediáticos, irrumpió como el turrón El Lobo por Navidad en el Congreso con 70 escaños.

Todo era paz y amor. Sus diputados se daban hasta piquitos en el hemiciclo y una de sus señorías se plantó con su bebé en el escaño en plan reivindicativo de la conciliación. La misma que ahora se larga en calidad de "insumisa", dice, ante el "choque de trenes" entre Iglesias y Errejón. Parecían dioses con su labia gloriosa, pero son humanos y compiten por el liderazgo de su criatura política. La tercera fuerza de España, señores. Uno, con evidentes muestras de endiosamiento. El otro, también, aunque su cara de yerno ideal diga lo contrario. Parecen un oxímoron. Pero Podemos no morirá de éxito. Parece destinado a partirse en dos. Y a muchos se les partirá el corazón. Y otros ya lo están celebrando, como ajenos a que la vida da sorpresas, algo nada raro en este oso cada vez menos amoroso del que algunos ya están vendiendo su despellejada piel.

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