Teatro

El absurdo, el esperpento y la fuerza de los personajes llenan el Villamarta de teatro

  • Valle-Inclán y sus 'Divinas palabras' del siglo XXI se estrenan en Jerez

Noche de estreno nacional en el Villamarta. Un honor para una ciudad ávida de eventos de esta categoría. Aniversario de los cien años de la primera copia de la obra. Motivo de satisfacción por ser un texto tan rico que seguro permanecerá en el más alto escalafón de las obras de arte otro siglo más.

Un escritor y poeta del siglo XX como Valle-Inclán, volviendo a Jerez y estando presente con su forma de ver el mundo. Un director, José Carlos Plaza, alter ego de don Ramón María, que es capaz siempre de deslumbrar con las producciones del Centro Dramático Nacional (CDN).

Un elenco de actores y actrices empecinados en crear en las tablas del teatro jerezano una auténtica oda a las contradicciones del ser humano creando personajes completos, llenos de vida, esperpénticos y creíbles. Un grupo de técnicos capitales para el desarrollo armónico de una puesta en escena llena de cambios, luces, movimiento y dinamismo. Esto es el teatro.

'Divinas palabras' es considerada como una de las obras teatrales más vanguardistas en su época, cambiando el concepto de dramaturgia teatral de la época del siglo XX, hacia otro más arriesgado, más expresionista y menos realista. El prisma con que Valle-Inclán hace ver las metáforas de la vida son un soplo de aire sórdido para manifestar claramente lo contrario.

Una visión tragicómica de la realidad previa a los esperpentos que fue creando con tanta sutileza derrochando por una parte, imaginación desbordante para descomponer la sociedad a la que crítica y por otra, un canto a todos los sentidos, expresión global de lo que un ser humano siente con ellos. Este maridaje entre escritor y director de escena se plasma en amor por la dramaturgia y de esa manera se deja entrever en esta nueva apuesta.

Valle-Inclán es la cabeza pensante. José Carlos el bufón de la corte que transmite sus verdades. El escritor es la pluma de tinta envenenada. Plaza, el flautista de Hamelin que reescribe sus notas irónicas y mueve a su antojo a los personajes. El poeta gallego, el argumentario más original de las denuncias de la sociedad. El director de escena enamorado de los clásicos, la mano que mece la cuna en pleno siglo veintiuno. El bohemio autor de la obra es como un conjuro en la sociedad del siglo pasado; Plaza, el adalid de la memoria histórica del simbolismo de la religión, la miseria, la avaricia, el fanatismo, el egoísmo y la mentira humana en pleno siglo XXI.

Y todo en base a la fidelidad a un texto que es protagonista durante todo el tiempo y que lleva a una puesta en escena a modo de retablos pintorescos, plenamente repletos de entidad argumental, uniendo jornadas rurales, en los que los personajes creados a conciencia y detrás de un trabajo físico y de vestuario muy conseguido consiguen dar una propuesta no verbal en la misma línea de este director.

Un Valle-Inclán que es el armador de un barco, y unos personajes que son los tripulantes de una nave del surrealismo capaces de crear el ambiente izando y bajando telas a modo de velas de un barco a la deriva, desde los foros y a vista, cual marineros de alta mar en busca de vencer al mar de las tinieblas. Las entradas y salidas y los cambios en la penumbra, usando un peine particular sin aforar, con música y efectos de la España rural del momento, se llenan de sentido en los hilos que mueven los sentimientos para alcanzar su apogeo en un sinfín de efectos de luces que aparecen como magistrales, usando la función de los focos y el humo ambiental para dibujar en el escenario auténticos cuadros de Zurbarán o Velázquez, con profundidad interminable y volúmenes grandilocuentes, administrando las dosis de teatro del absurdo de forma inteligente, dotando de significado al teatro dentro del teatro y obteniendo la escena esperpéntica como prueba evidente de la magnificencia del surrealismo como lazarillo incapaz de ir por libre, lo que consigue que las escenas encadenadas, apoyadas en una escenografía original y simple de telas inmensas en forma de harapos contribuyan a la imaginación del espectador, y a la creación espacial de todos los registros del texto, miserias de la humanidad incluidas.

Un argumento archiconocido donde las relaciones familiares y las formas de entender la avaricia cumplen perfectamente la función de engranaje de los episodios. En todo momento sobrevuela el significado del esperpento de manera coral, sin papeles protagonistas sino con interacciones entre diálogos, líneas de avance y retroceso creando imágenes a modo de figuras esperpénticas como si de la etapa más negra de Goya estuviésemos hablando, lo que logra, un vestuario de ropajes miserables y una ambientación de olores, colores y sonidos llenos de intención.

Líneas de escenario limpias a pesar de tanto movimiento de actores y con un significado en cada una. Retazos de autos sacramentales, teatro del absurdo y la comedia trágica encadenando maldades. Y por encima de todo este cuadro pictórico, un lisiado, en carreta como nexo de unión argumental, centra la atención a modo de herida abierta durante toda la obra, y a su alrededor, en la selva de las miserias, especímenes carroñeros a la espera de su presa sobreviviendo acompañado por mendigos, embaucadores, beatas, rapazas, vendedores, labriegos y mujeres alegres a modo de lazarillos de la picardía.

Buitres sin escrúpulos que maltratan su propia existencia por un pedazo de pan seco y un jarro de vino y que solo aspiran a malvivir en sus cloacas desde que sale el sol hasta que la luna brilla en sus cabezas. Vocalizaciones adecuadas, y registros fonéticos correctos para acentuar con las cuerdas vocales la presentación de cada personaje. El elenco a gran nivel, sobrecargado de cariño hacia la obra, y de ganas de crear personajes perfectamente definidos.

En una línea constante de pulcritud de comunicación de cada personaje, destacando las dos actrices principales por la capacidad de dar todo, y envueltas a su vez, por una compañía de actores de carromato llenos de verdad. Un viaje a ninguna parte que, a nivel espacial desde proscenio, asemeja la travesía de una nave por el mar bravío, a nivel visual a lienzos de pintores excelsos y a nivel teatral una oda a la creación y la transmisión de sensaciones con el objetivo de que el texto y la escena vayan acompasados al mismo vaivén de las olas del esperpento. Un lujo de propuesta digna de verse.

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