Hace días vi en un programa francés la receta de las auténticas magdalenas de Commercy, con su forma distintiva y con ese aspecto que simula una concha. Mientras veía con atención la elaboración de las mismas, recordé que el pasado día diez se cumplieron ciento cincuenta años del nacimiento del escritor francés Marcel Proust, quien en su libro "En busca del tiempo perdido", rememora la sensación de felicidad que le proporcionó llevarse a la boca una magdalena mojada con una cucharada de té que le ofreció su tía Léonie.

Ese bienestar puede aparecer en forma de emociones, sabores, aromas y colores que proceden de momentos en los que se ha disfrutado a plenitud. Sucede cuando algo del presente da un salto en el tiempo trayéndonos las sensaciones de alguna vivencia que ya había quedado archivada en el historial personal. Es así como se rescata, sin que intervenga la voluntad, una situación concreta. La memoria cerebral y emocional se activan haciéndonos revivir placeres de antaño.

Me he dado cuenta de que conforme pasa el tiempo, llegan a mi vida recuerdos de sabores que formaban parte de mi infancia. Hay como una necesidad de recuperar todo aquello que me hizo llenarme de dicha. Cada uno tiene esta especie de disparador, al que no le cuesta nada ir y venir en nuestra historia. En mi caso, es el sabor de un café hervido con una ramita de canela y un trozo de piel de naranja, lo que hace aflorar un mundo que se creía perdido.

También funciona igual el acorde de una guitarra, la contemplación del arcoíris, el ruido de la lluvia sobre la ventana, el olor a césped recién cortado o la contemplación de un recipiente de barro donde, a punta de burbujeo, se cuece el secreto de un buen guiso.

El efecto de la magdalena de Proust es algo que nos regala nuestra propia naturaleza para transportarnos a momentos de disfrute que pueden tener un efecto sanador en medio de las dificultades que se afrontan. Cuando llega hay que recibirlo porque nos va a llevar de viaje a los mejores destinos de nuestra existencia.

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