En esto de la pandemia no hay derecho a disentir. Ni siquiera hay derecho a preguntar. El espíritu crítico no está permitido, ni el afán por saber. La pregunta retórica está también mal vista. Cualquier discrepancia con la autoridad es llamada negacionismo.

Pero claro, si existen varias autoridades que dicen una cosa y la contraria -a veces el mismo día-, entonces asistimos a un manifiesto desgobierno en el que no rige ni la ley de la selva que, aunque salvaje, es una ley.

El palabro negacionismo se incorporó al diccionario para describir las actitudes que niegan el holocausto, aunque la academia describe varios holocaustos distintos. En la actualidad se asocia a cualquier actitud crítica con el tratamiento dado a la pandemia. Toda conjetura sobre los efectos de la pandemia es ilógicamente calificada como negación de su causa, y el discrepante equiparado a los exterminadores de la Alemania nazi: ¡Cómo para abrir la boca!

Los ciudadanos debemos asistir, mudos e indolentes, al obsceno espectáculo de muchos políticos ignorantes que cambian de opinión de un día para otro, en base a recomendaciones de expertos, unas veces desconocidos y otras, inexistentes. Y como los malos futbolistas, se dan codazos, empujones y zancadillas en busca de rentabilidades políticas.

Cuando esa cobaya infectable, a que es reducido el ciudadano, se pregunta retóricamente sobre la vacuna rusa o la inglesa es inmediatamente callado por nazi y negacionista. Las autoridades si pueden magullarse en el ring político.

Pues bien, reivindico el derecho a disentir sobre las medidas médicas, muchas veces contradictorias, que recetan las autoridades políticas de todos los colores. También el derecho a decidir, con el médico de cabecera, lo que más convenga a mi salud, sin ser llamado nazi.

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