En lo alto de los armarios se pueden encontrar cosas sorprendentes. Esta semana, mientras buscaba un documento, encontré una caja de madera que guardaba cartas de mi abuela materna y no resistí el impulso de leerlas.

Me conmovió la última, dirigida a mi abuelo, en la que se despedía de él porque sabía que moriría pronto. En aquellos folios envejecidos le pedía cuidar a sus hijas y le rogaba tener la fuerza suficiente para seguir adelante y ser feliz. Cuánta generosidad había en sus palabras. Cuánto desprendimiento al saber que ella partiría y sin embargo en lo que tenía que centrar su atención era en los que se quedaban. En sus letras había palabras de agradecimiento a mi abuelo, a la maternidad, a la vida. No había ni rastro de egoísmo, ni de victimismo, ni siquiera una queja por irse con tal solo treinta y cuatro años. Mi abuelo no volvió a casarse, crió a las niñas y conservó el recuerdo de aquella mujer hermosa que fue su compañera. Su fotografía estuvo siempre junto a él, en su escritorio, en su mesilla de noche y en su billetera. A la abuela la conocí por aquellas fotos y conforme me hacía mayor interrogaba al abuelo sobre aquella relación, sobre aquél amor que se convirtió en una luz tan potente que impidió que su vida se desmoronara, porque como él decía, en la penumbra andamos a tientas, nos tropezamos, nos equivocamos, nos perdemos, nos dejamos llevar por las intuiciones, por lo que nos dicen los demás, por lo que vislumbramos es lo correcto. Aseguraba que en la oscuridad de la tristeza no existe ningún mapa que se pueda seguir, ningún atajo que conduzca a la paz interior. En cambio la luz permanece incluso durante generaciones. Mi abuelo, a la luz del recuerdo de su mujer, fue capaz de ser luz para todos y de dejarnos un legado de luz después de marcharse. Un día le pedí que me describiera a la abuela. Era, respondió, como un algodón de azúcar, dulce, suave, volátil, hecha de hilos que te abrazan y que te mantienen enamorado eternamente.

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