Lo importante no son las palabras, sino los hechos. Es lo que se le ocurrió responder al ministro de Interior cuando le preguntaron qué le parecía que la ministra de Justicia lo llamase maricón hace años, en el transcurso de una conversación privada que dejó de serlo por esa costumbre algo rastrera de grabar lo que se habla, sin que nadie se entere, con el propósito de chantajear en un futuro al personal.

A mí lo que dijera una ministra en privado (así fuera hablando por los codos con alguien a quien ella aseguraba no conocer de nada; así llamase maricón al entonces juez Marlaska, o aplaudiera la utilización de putas para ejercer el espionaje) no deja de parecerme natural, pues hace tiempo que me vacuné contra los espantos que provoca la clase política. Pero que un miembro del Gobierno diga que las palabras no tienen importancia comparadas con los hechos, eso sí me aterroriza.

Sobre todo porque las palabras, puestas en fila para hacer frases, son en sí ya un hecho. Las mentiras -como las meditaciones de Marco Aurelio- no están hechas de hormigón, sino de palabras, y por eso mismo habrá que ponerlas en cuarentena cuando existe un trecho entre lo que se dice y lo que se cuece en la realidad: cuando alguien, por ejemplo, asegura que es Napoleón Bonaparte y después, mirando su carné, comprobamos que es falso. O cuando un doctor dice que es el autor de una tesis que nunca escribió. O cuando se llega al poder diciendo que se va a luchar a muerte contra la corrupción y luego no se mueve un dedo.

Sin palabras se puede uno cortar las uñas de los pies, pero no se puede redactar la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Ni una sentencia de muerte. Por eso los dichos son hechos siempre. Incluso cuando salen de la boca de un ministro atolondrado.

Decir que no se ha tenido trato con un comisario que acabó en la cárcel es un hecho, y no exactamente ejemplar (sobre todo cuando es mentira.) Por eso, si quitamos hierro a las palabras, se abre la veda para insultar alegremente, para prometer cosas que no se pretenden cumplir jamás y para hacer de la trola una costumbre de palacio.

De hecho, no deben de ser tan poca cosa las palabras cuando la propia vicepresidenta del Gobierno ha dejado caer esta semana que a la libertad de expresión habría que cortarle las alas para que no se produzcan filtraciones tan ruines como esta que hoy me está sirviendo de argumento.

Que un levantador de piedras diga que las palabras no tienen mucha importancia está justificado. O que lo diga un buzo. Pero que los parlamentarios -cuyo oficio consiste en hablar por esa boca- sean los que digan que hay que quitar hierro a las palabras resulta tan demencial como si los domadores del circo fueran diciendo por ahí que en su espectáculo lo de menos son los leones.

Y hablando de circo, ¿no parece que a este Gobierno improvisado le estuvieran creciendo los enanos? Es posible, aunque empiezo a sospechar que no le están creciendo, sino que cuando nos vendieron la entrada ya esos enanos medían metro noventa.

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