La han puesto a caldo. A la mujer del director general de una cosa que se llama Agencia Pública Andaluza de Educación le han llovido las críticas sólo por haber difundido un vídeo. Es verdad que en la grabación se la ve a ella la mar de orgullosa, paseando por las flamantes dependencias en las que a partir de ahora trabajará su marido, y que también se la escucha comentar los proyectos que ella tiene, si no para mejorar las instalaciones de los colegios andaluces, sí al menos para apañar unos arreglitos en la decoración de un despacho que, según parece, le va a quedar monísimo.

Siempre estamos censurando la falta de transparencia en las instituciones, los enjuagues que se perpetran en el laberinto por donde se despista el dinero público, y ahora que, gracias a esta estrella del exhibicionismo, hemos podido acceder sin orden de registro a las interioridades de la Administración, ¿también nos vamos a quejar? Se acepta que, con el gesto de esta señora que ha querido abrirnos las puertas de su vida (y ya de paso las de las instituciones públicas), no se acaben los tejemanejes, pero al menos tendremos la garantía de que en el rato que ella estuvo grabando al marido en su puesto de trabajo, allí no se coció nada turbio.

El que no la ha llamado mujer florero, o niñata, la ha puesto verde por frívola o por cursi. Pero ella no debe arrepentirse. Si el presidente Sánchez, tal como confesó que había cambiado el colchón de su cama en la Moncloa, ganó de calle las elecciones, ¿no estaremos al fin ante la cacareada nueva política que muchos no terminaban de vislumbrar?

Contra la opinión de los catastrofistas, desmantelar la vieja política no iba a suponer mayores trastornos. Ni han hecho falta barricadas ni ha habido que lamentar tiroteos. Para poner patas arriba las instituciones ni siquiera hacía falta cuestionarlas o suprimirlas. Bastaba con cambiar algunos nombres, mover armarios y hacer unas pequeñas mejoras en la decoración.

Ignoramos en qué medida esas reformas mejorarán la vida de los ciudadanos, pero lo que no podemos es acusar de continuismo a los que, sin que les tiemble el pulso, han sabido jubilar todos esos sofás viejos, han sabido desprenderse de las estanterías polvorientas y de los visillos del antiguo régimen, tirar a la basura papeleras sospechosas y grapadoras caducas, retirando de la circulación aquellas poltronas para dejar claro que estos butacones de ahora ya pertenecen a una nueva era.

A lo mejor hacer política se parece más a jugar a las casitas que a lo que practicaba Churchill. Por eso, cuando criticamos la gestión de nuestros dirigentes, cometemos una injusticia al olvidar la cruda realidad que se puede vivir en un despacho. Más de una vez llamamos inútiles a consejeras y ministros, sin plantearnos de qué color serán las cortinas con las que tienen que vérselas a diario, sin considerar el horror de cuadros que pueden estropear sus planes estratégicos, o esa alfombra insufrible con la que se podría justificar el fracaso de tantos escolares andaluces.

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