Ya se sabía incluso antes de que Sócrates probara el sabor de la cicuta. El diálogo es una industria de gran utilidad cuando toca aclarar cuestiones turbias y acercar posturas adversarias. Pero, contra lo que nuestro presidente del Gobierno va pregonando por ahí sin quitarse las gafas de sol (que el diálogo es como un bálsamo de Fierabrás, que lo mismo sirve para desencantar princesas que para aliviar unas cagaleras), convendría precisar que las del diálogo, lejos de ser milagrosas, son reglas de andar por casa. Veamos las principales.

Regla número uno: se recomienda escuchar al otro cuando habla. Por más que uno considere que pertenece a una raza superior, no está bien hacer burlas mientras interviene nuestro interlocutor. Pero ni hacer burlas ni taparse los oídos ni interrumpirle tampoco con una banda de dulzainas.

Segunda regla: ambas partes deben usar el mismo idioma. En caso contrario, cuando uno pregunte al otro por qué se ha saltado las leyes convirtiendo el Parlamento en una peña recreativa, el otro podría responder que hace un día precioso, o que las mejores gambas son las de Palamós (en cuyo caso tampoco estaríamos alcanzando el ansiado acercamiento entre las partes.) Y si uno llama presos políticos a los que el otro llama políticos presos, tampoco se logra el entendimiento, pues el orden de los factores altera tanto el producto que nadie en su sano juicio dejaría de tener un Goya con tal de tener un gallo.

Regla tercera: la dialéctica es incompatible con la parálisis. Si tras años de debate, el interlocutor que empezó diciendo que la Tierra era plana, sigue erre que erre, sin moverse de su posición inicial, mientras que su rival tampoco da su brazo a torcer, negándose a aceptar eso de que la Tierra sea plana, casi mejor será cambiar de tema. O de planeta.

Regla número cuatro: los problemas planteados deben ser de los que se arreglan hablando. Porque las palabras -siendo muy socorridas para escribir cartas de amor- resultan bastante inútiles cuando lo que se pretende ablandar no es el corazón de la persona amada, sino un pulpo antes de meterlo en la olla. Pero es que incluso cuando el otro habla un idioma que no sea el de las bestias, tampoco es siempre el diálogo el medio más recomendable para resolver papeletas. ¿O acaso cuando un atracador nos saca la navaja, merece la pena entablar una conversación sobre los pros y los contras del uso de la violencia en la apropiación de bienes ajenos?

Y esto nos llevaría a la quinta regla: los discursos nunca se apoyarán en argumentos ajenos a la propia razón dialéctica (valgan como ejemplo los aparatos de tortura o esas pistolas que se guardan en el primer cajón.) Sobre todo porque esa eventualidad podría conducir a una toma de decisiones precipitada.

Por ello el diálogo, tan aconsejable en ciertas coyunturas, pierde eficacia cuando alguna de estas normas deja de ser respetada. Cuánto más, como ocurre con el embrollo catalán, si ese diálogo entre los separatistas y el Gobierno de España, no es que incumpla alguna regla. Es que las incumple todas. Así que habrá que cambiar de tema. O de planeta.

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