Se pueden meter a curas. Nadie les impide que opositen a notarías, que se hagan bibliotecarios, tapiceros o pintores cubistas. Pero lo que tendrían que pensarse dos veces los enanos es buscar un empleo de cómico. Con tal de defender sus intereses, nunca faltarán almas misericordiosas que, por mejorarles la vida, tratarán de impedir que se la ganen como les dé la gana (sobre todo si la gana que les da es la de hacer reír, que debe de ser algo degradante a más no poder.)

Ahora les ha tocado sufrir el azote de la censura a unos enanos toreros que pensaban actuar en las fiestas de Jaén y que ven cómo peligra la celebración del espectáculo que les da de comer. Todo ello gracias a las presiones de tantas almas bondadosas como hay por ahí dispuestas a pensar por los demás, no sea que los demás sean tan tontos que no puedan hacerlo por sí mismos.

Hay seres poco desarrollados, como los bebés o los chihuahuas, con los que no queda otra salida que decidir en su nombre si se les quiere proteger. Pero proteger a los adultos echándolos a un lado para decretar lo que más les conviene es convertirlos en imbéciles, que siempre será peor que ser bajito.

Bien es verdad que la de cómico es una profesión arrastrada. En aquella película de Fernán-Gómez quedaba patente que peregrinar por los escenarios se puede convertir en un viaje a ninguna parte. Se pasan fatigas, hay días tan malos que el público se queda en casa, tienes que resultar gracioso aun estando de luto... Pero si tan humillante resulta la profesión, ¿no habrá que cerrar los teatros de variedades definitivamente por atentar contra los derechos fundamentales? Es más, si todos somos iguales, ¿a qué esperan para prohibir que hagan el payaso los señores de metro ochenta o esas presentadoras que cuentan chistes malos sin que nadie las ampare?

Para poner orden, podrían elaborar una lista especificando cuáles son las profesiones adecuadas a cada perfil. Aclarar, por ejemplo, qué empleos habría que impedir que ejerzan los forzudos, las pelirrojas o los zurdos. Detallar qué puestos de trabajo pueden ser humillantes para los que somos cortos de vista. Porque a los ciegos ya se sabe que les fascina vender cupones, pero tal vez les resulte un escarnio cantar en un coro, o catar vinos, y aquí no hay quien los proteja de eso.

¿Estamos seguros de que a los atletas paralímpicos no se les está humillando dejándolos correr delante de la gente? ¿Y esa modelo de alta costura que ha sido noticia por subirse a las pasarelas aunque le falten las dos piernas? ¿Habrá que permitirle seguir posando o será mejor retirarla por la fuerza?

Tengo buenos amigos que se ganan la vida haciendo reír sobre los escenarios. Unos están más viejos que otros, algunos no son ni guapos, y entre ellas las hay que no son especialmente altas. Apostaron por trabajar lejos de los despachos y cerca de los camerinos. Hacen reír, sí, pero voluntariamente, y por eso nunca darán pena. Los que sí la dan son otros que aparecen igualmente en público, que arrancan también las carcajadas, pero lo hacen sin querer los pobres míos.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios