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Marco Antonio Velo

Feria del Caballo 2022: más allá de lo puramente visible

Como diría en su momento Melanie Griffith a propósito del amor que sentía por Antonio Banderas, los jerezanos también este año hemos querido a la Feria “una jartá”. La ocasión del anhelado reencuentro era que ni pintiparada para disfrutar a todo trapo de unas de nuestras más idiosincrásicas señas de identidad. Premonición de los clásicos: in vino veritas. El lorquiano anda, jaleo, jaleo. Y la charla de risa y cristal, tan de la poesía de Quevedo. La Feria del Caballo 2022 no sólo nos ha devuelto la modernización de la fiesta con solución de continuidad sino que nos ha “regresado” -por decirlo con título de ensayo histórico de Agustín Sánchez Vidal- al enjambre de recuerdos y emociones que todo jerezano fraguó en la patria de la infancia. Puro Rilke.

Al modo machadiano la Feria de Jerez 2022 no únicamente se ha cristalizado en nuestro presente. Ic et nunc. También ha reavivado una actualización -en cada fuero interno- de todas las Ferias anteriores que han precedido a la ahora recién concluida. El hombre es el yo sucesivo de su memoria: sólo cada cual, con arreglo a la majestad del ser (del ser individual), sabe conjugar más allá de lo puramente visible. Y aquí el tiempo no mezcla infusiones de cicuta en favor del olvido. Por esta razón yo otra vez he cultivado el saludable ejercicio de brindar con catavino de memoriales del gozo. Para reencontrarme con la Feria del ayer. La he encontrado, la he reencontrado, tatareando la letrilla de las sevillanas de los hermanos Reyes: “Pensamiento mío, vete a buscarla. Si se niega a venirse, pensamiento, quítale el alma. Si acaso te pregunta que quién te manda, dile tú ‘mi persona’, pensamiento, para recordarla”.

Y he visto más allá de lo puramente visible cómo jerezanos de pantalones de campana llevaban a toda la familia a almorzar al Real -cola de toro en la caseta de la Peña El Quema- el sábado a mediodía para luego estirar la jornada lo máximo posible junto a la compaña de Manolo Ortiz -el de Casa Paulino, esquina Gaspar Fernández con Bizcocheros- y sus niños. Y he visto más allá de lo puramente visible cómo los caseteros ponían sevillanas del nuevo cassette de los Romeros de la Puebla, con sello Hispavox, arreglos y dirección musical de Jesús Gluck y las guitarras de Paco Cepero y Félix de Utrera. He visto más allá de lo puramente visible cómo los niños bebían Mirinda en botella alargada de 200 cc o preguntaban, curiosos y vivales, por la torerita roja de plástico y el sombrero que vestían graciosamente aquellas botellas de Tío Pepe.

He visto a Miguel Ruiz Ruiz risueño en su caseta de Karkomedo. Y a Jerónimo Martínez Beas bailar con gracia sin igual. He visto más allá de lo puramente visible cómo los cacharritos perdían enteros frente a los puestos de juguetes por allí alineados centelleando las propuestas de Juguetes Redondo -la pistola trabuco “detonador” de la serie Curro Jiménez con su publicidad escrita: “Miniatura metálica de fácil manejo e inofensiva” aunque en el faldón del cartón alertaba: “Atención: no disparar (los mixtos) a menos de 30 cm de la cara”- o bien las chuladas -tan de segundos Reyes Magos en mayo- de la marca Guisval en su colección ‘Equipos en Acción, basados en serie de televisión’ con aquellos packs-dioramas de Baretta -sus tres personajes en plomo con base y su coche FIAT 130- o el ídem de Starsky & Hutch-. O la cámara de foto bromista y su disparo de gusano con cara de payaso… Y he visto la luz de las fotos de Eduardo Pereiras. Y he visto las manos artistas de Moraíto. Y el saludo elegante de don Mauricio. Y he visto, resucitado, el algodón de los versos de Victoriano Crémer: “Huele Jerez, a vino puro y nuevo/ como la rosa, a rosa huele sólo”…

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