No creo justo honrar a las buenas personas cuando se han ido al otro barrio. A mí los homenajes póstumos siempre me han parecido abrazos a destiempo. Así que aquí estoy, delante del ordenador, tratando de hacer memoria y acordarme del tiempo que hace que conozco a mi amigo Joaquín (ocho años ya), un hombre que me ha permitido, por medio de los escritos que me ha pedido le repase, conocer una parte importante de la historia de su familia que es, por cierto, fascinante.

Admiro a Joaquín, ésa es la verdad. No solo por su faceta empresarial, por su trabajo y su entrega, que debe servir de ejemplo para todos los emprendedores jóvenes. Me admira su tesón, su fuerza de voluntad irrenunciable para salvar el feroz obstáculo que la vida le puso en el camino.

Joaquín es un ejemplo de superación, de fuerza, de bemoles (por no decir otra cosa). Y gracias a eso, a su fortaleza (con momentos de debilidad, como no puede ser de otra forma) las personas que le quieren, su familia, sus amigos, su querida Julia, disfrutan de su compañía y de su sapiencia (él dirá modestamente que no es sabio, pero lo es).

He podido ?puedo? disfrutar de la tertulia con Joaquín cada vez que hemos quedado para tomarnos un café o navegar por ese mar que ama profundamente. Y no hay nada más enriquecedor que escuchar a una persona experta en las cosas, en la vida, en los negocios como es Joaquín. Quedar con él es saber que vas a aprender, pero también que te vas a reír, porque es un hombre con un gran sentido del humor, a pesar de que (aunque esto es solo una suposición) imagino que verle cabreado tiene que ser para salir huyendo.

Solo espero poder seguir (podamos) seguir disfrutando de su amistad. Que la travesía de la vida sea aún larga, amigo Joaquín, y que yo pueda seguir aprendiendo.

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