
Una vuelta más
Jesús Benítez
Muertos en vida
HABLANDO EN EL DESIERTO
SER un Estado aconfesional no quiere decir que no sea conveniente estudiar y conocer las raíces religiosas, cristianas en nuestro caso. No hace mucho tiempo comentábamos en esta columna la carta del socialista francés Jaurés a su hijo recomendándole que asistiera a las clases de religión para no tener una educación incompleta. La carta es de principios del siglo XX. Sin el estudio del cristianismo como unificador de la cultura europea, difícilmente se pueda entender nada del arte, del pensamiento, de la literatura, de la ciencia y de todo lo que ha conformado la gran civilización europea, hoy universal y civilizadora del mundo. Supongamos que se pudiera estudiar la historia de Grecia suprimiendo el Panteón, las fiestas religiosas y las ceremonias que los griegos hacían antes de emprender cualquier empresa, desde la guerra a la siembra. Sería una historia manca e incomprensible.
La religión, además, es "un factor de equilibrio y cohesión social y moral", según el presidente de Francia y, en ese sentido, tiene una utilidad política práctica. En España la cohesión no interesa porque cada aldea quiere crear un Estado basado en una nación legendaria, y la moral religiosa se está transformando en una moral laica, en la que los pecados se han convertido en delitos y las autoridades civiles en familiares de la nueva inquisición, con lo que hemos salido perdiendo a todas luces. Sarkosy añade: "El catecismo ha dotado de sentido moral a muchas generaciones. La educación religiosa se recibía en todas las familias aunque no fueran creyentes, y esto permitía la recepción de valores necesarios para el equilibrio de la sociedad. Asumimos nuestras raíces cristianas y ha llegado la hora de pasar a una laicidad positiva." Ni siquiera por venir de la culta Francia tendrá efecto en España, donde el sentido común es causa de escándalo.
Durante las pasadas fiestas navideñas hemos visto los malabarismos institucionales para conseguir el imposible de quitarle, no ya el sentido, sino el recuerdo del origen religioso de las celebraciones. No parece función de un Estado aconfesional meterse en estos asuntos, sino más bien mantenerse aconfesionales, que no ateos, y dejar en libertad a sus ciudadanos con sus creencias. Cuando las creencias están en las formas de vida y de pensar de cerca del 80 por ciento de los ciudadanos que se declaran católicos de cultura, de educación y de valores morales, no necesariamente de fe, los gobiernos no deben forzar esa realidad y dejarnos ser romanos, buenos romanos, cumplidores de las leyes y fieles a nuestros lares, penates y a la diosa Vesta, tenerles el fuego de aceite de oliva encendido, las lentejas pasadas por la boca del pater familias para honra de los antepasados, para que supieran que los recordábamos y que en cada casa había un altar dedicado ellos por habernos enseñado a ser justos.
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