En un exhaustivo análisis publicado ayer en este Diario, se ponía de manifiesto la relación entre nivel de renta y participación electoral en Jerez en las últimas convocatorias electorales. Concluía que, en las zonas más pobres de la ciudad, más de la mitad no votan. En el MOPU, la media de las últimas ochos elecciones no alcanzaron el 33% de participación. Entendemos la pobreza en sociedades avanzadas como la nuestra, no sólo por la carencia de recursos materiales -que son de por sí, dramáticos en muchos casos-, sino por otras circunstancias no menos importantes que contribuyen a una vida digna: el acceso y el aprovechamiento del sistema educativo, la salud o la conciencia de pertenencia a un cuerpo de ciudadanía, que implica derechos y deberes y contribuye a la realización política y social de los individuos, que se sienten llamados a participar.

En las zonas más humildes de las grandes ciudades- Jerez no es una excepción-, la conciencia de pertenencia a un cuerpo social ciudadano es débil, las personas son más vulnerables, la instrucción es escasa o fracasa, los caminos de ascenso social son aún muy estrechos y el conformismo y la desesperanza están a la orden del día. De ahí que el interés por ir a votar, por sentirse partícipes del futuro del país, de la región o de la ciudad, les importe un pito. La nueva pobreza tiene multitud de rostros nada fáciles de descubrir. No se trata solo de paliar una necesidad material-que también-, sino de acompañarlos en un camino de inclusión, en las mismas condiciones que las que disfrutamos los que tuvimos la suerte de nacer o discurrir la vida en mejores circunstancias.

La ciudadanía, lejos de ser sólo un concepto laico, hunde sus raíces en la perspectiva cristiana de la dignidad de la persona. A los pobres, urge restaurarles esa dignidad. Hoy mejor que mañana.

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