Un primer plano del culo. Eso es lo que cierto miembro del jurado pidió que le enseñaran en un certamen de belleza celebrado hace años en Italia. Con tal de tener la mejor perspectiva de las candidatas, les pidió por favor que se dieran la vuelta. ¿Y qué ocurrió cuando las invitó a girarse? Por poco lo linchan. Lo pusieron de vuelta y media por salvaje, por machista, por tratar a las concursantes como si fueran reses y por tener tan poquísima vergüenza. Pero entonces, ¿qué es lo que habría que mirarle a alguien que pretende ganar un título, nada menos que de miss Italia? ¿Una radiografía del esternón? ¿Su grado de tolerancia a la lactosa? ¿El árbol genealógico? Habrá que mirarle -digo yo- el culo, sin desmerecer otras curvaturas, o detrás de las orejas, que para eso se trata de un concurso de belleza y no de un certamen de cuentos infantiles.

Me acuerdo de esta historieta porque ya quisieran los que están en el último curso de bachillerato que quienes van a ponerles a prueba para ingresar en la universidad tuvieran las ideas tan claras como el señor este que, para decidir si una señora estaba maciza o no, cogía y la miraba de arriba abajo. Y lo digo porque, a diferencia de esas candidatas a los concursos de belleza (que saben que, cuando les piden que desfilen en biquini por una pasarela, no lo hacen para conocer sus gustos literarios exactamente), a los alumnos de bachillerato, pocos meses antes de examinarles de reválida -o de selectividad, o como quieran llamarla-, les encantaría saber qué es lo que piensan mirarles en esas pruebas en las que nada más que se juegan su futuro.

Hasta hace un par de días seguían sin explicarles a nuestros preuniversitarios si les iban a preguntar en los exámenes por Descartes o por Napoleón, por Cervantes o por las aventuras de Pulgarcito, y eso ha tenido a las pobres criaturas en un estado de ansiedad bastante comprensible.

Entre asambleas, negociaciones y demás inventos para cobrar dietas, las autoridades educativas han estado jugando al escondite sin parar, cambiando de planes de estudios y mareando con unos experimentos pedagógicos más o menos malabares que no estarían mal si no fuera porque llevan ya utilizando como ratas de laboratorio a unas cuantas promociones de estudiantes.

Quien va a examinarse para obtener el carné de conducir sabe que no lo van a poner a prueba pidiéndole que pilote una avioneta; el que va a examinarse para ingresar en la Guardia Civil sabe que no le van a pedir que coja unas maracas y cante un bolero; sin embargo, a día de hoy los próximos universitarios españoles, gracias a la película de suspense en la que se está convirtiendo el sistema educativo, no tienen nada claro de qué se van a examinar. Gracias a eso ya saben lo que les espera con las novatadas mucho antes de matricularse en una facultad. Por lo menos nadie les humillará pidiendo que se den la vuelta para enseñar el culo.

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