Jerez íntimo

Marco Antonio Velo

marcoantoniovelo@gmail.com

Niños en la otra orilla

Las gaviotas destensan sus vuelos -vuelos de algodones- sobre la ingravidez del aire. Siempre es media tarde en esta playa ajena a la furia del tiempo. Ni fiebre ni languidez en la reconstrucción incólume de la aurora. Sólo mansedumbre, anatomía de proximidades y el candor rítmico de un aguaje sereno como el entrepuente de dos realidades: la mortal y finita allende estos mares -azules casi transparentes- y la eternidad que aquí es pisada sobre pisada, franja atmosférica de permanencia y dulce crepitar de relojes que no existen.

La brisa marina es como un silbido de Caronte. El sol -hontanar de luz que no calienta pero sí ilumina- destella un fulgor mesiánico: algo así como la alba interioridad del equilibrio entre lo prematuro y lo definitivo. Esta caleta siempre suena al minué vivaz de sus habitantes juguetones: una algarabía infantil que entrecruzan carreritas de pasos ya firmes con risas de mofletes sonrosados. La infancia desconoce los códigos inverosímiles del silencio. Desde el paseo marítimo, con barandales de madera de cedro de la carpintería de José, observas -siempre al trasluz- esta lontananza henchida de niños que parecen extraídos del útero de otra semilla.

La estampa es edénica, como un lienzo costumbrista de pinceles sacramentales. Como una Eucaristía de labios mínimos que sonríen a destajo. Como susurros casi prenatales. Como un collage de confidencias traviesas: lenguaje de dientes separados y timbre de pan candeal. Todos son héroes anónimos: pero desconocen por entero el porqué de su heroicidad: ni siquiera espigaron la sutil conceptualización que desguaza la vida de la muerte. La primera como mística de la explosión y la segunda como arrobo de la implosión. Todos ellos han experimentado -sin recordar ni el más mínimo flashback- ambas naturalezas. Ahora no lloran ni se duelen en los tropezones, en las caídas, en los rodillazos, ni hacen pucheritos cuando el hambre asoma por la boca del estómago. Sólo juegan -como querubines barrocos- sobre la arenosa superficie de este recreo sin horarios en redondel ni calendarios en cuadratura. Todos son amiguitos, como una hermandad de párvulos precoces. Todos se abrazan y se prestan sus cubos y sus palas. Todos avanzan despeinados por el ensortijado sendero de lo infinito. Todos se dan besitos de biberones en sus cachetes de churretes. Se saben protegidos porque ya conocieron a sus guardias angelicales: a sus ángeles custodios: a sus heraldos a lo divino.

En esta playa no caben críos denominados juguetes rotos. Ninguno lo es. La inocencia no granjea ni agavilla trenzas de fracasos. En esta playa no arramplan sombras contra natura. Ni la cristalización sucedánea de la tragedia. Sólo nenes que se sacan de la garganta el musical monólogo de frases imperceptibles. Felices como un yoyó en contradanza. Unción de menores. El rumor, aquí, es de caracolas y no de mandolina de grillos. El oxígeno, de mojarras, y no de contaminación subalterna. Las aves, más que torbellino de plumajes, son abanicos rasantes de picos cerrados. La respiración de los bebés -que haberlos, haylos- adoptan la cadencia de un glissando de naipes. Cualquier origen se metamorfosea en sustanciación humana. Niños, sí, y pureza.

Con hilillos de voz apenas perceptibles, con más dinámica de comisuras de labios que volumen sonoro, tres chiquitillos -en pie y cogidos de la mano- permanecen en la orilla mirando atentamente el fondo del horizonte. Algo se cuentan entre ellos. “¡Ya está llegando!”, grita -exultante- el mediano, de nombre Gabriel y apellido Cruz. “Sí, sí, ya veo la barca”, añade el mayorcito de los tres: Pincho, de sobrenombre ‘Umbral’. No sabemos qué afluye en el interior del más pequeño, de Oliver, para -pletórico, fuera de sí- salir corriendo hacia la arena y alzar entre sus manos un triciclo blanco y celeste. Blanco como una ofrenda de amor. Celeste como el color del cielo.

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