No voy a tener más remedio que ponerme a dieta y no precisamente alimentaria, que suele ser lo habitual en estas fechas. Se trataría, por el contrario, de una dieta de información, especialmente de la radiofónica. 'Radiero' (perdón por el palabro) confeso como soy por tradición familiar, suelo consumir bastantes boletines informativos y alguna que otra tertulia, hábitos que se están tornando tóxicos en estos días, y no quiero pensar en los que vendrán, con la campaña electoral a toda mecha. Se ve uno en la necesidad de protegerse, de dosificar la escucha, ante la tremenda avalancha de declaraciones de nuestros políticos, so pena de perder la creencia en el valor del sistema democrático y dejar de ejercer como ciudadano responsable. Es tal la verborrea a la que estamos sometidos, la incontinencia verbal de nuestros líderes, que uno llega a la conclusión de que no les da tiempo a pensar -a la vista está que no-, a ellos y a sus asesores, a los que imagino en un sinvivir. Bueno, tengo que reconocer que hay uno que apenas habla, porque "tiene a España en el corazón". Los demás lo deben tener en el hígado o en el estómago y yo ya no sé dónde. El caso es que, ante tanta proclama improvisada, que suele precisar de corrección posterior, ante tanto desatino discursivo y el manifiesto uso de la mentira -nada de 'fake news'- en no pocos casos, nuestra clase política está rayando muy bajo, a los más ínfimos niveles quizás de nuestra democracia, con una mirada siempre cortoplacista, de estrategia cambiante, y con poquísimo sentido de Estado. Todo es electoralista desde hace meses, y llegamos al periodo que debería ser propiamente electoral, diríamos que exhaustos. Se hace preciso, pues, una dieta. Aunque me pierda la improbable alusión a la educación y a la cultura, que no parecen existir para la mayoría de nuestros políticos.

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