Es un deseo recurrente. Confluyo en él con un viejo amigo que, cuando aprieta agosto con todos sus rigores, suele exclamar: «el año que viene, a una aldea gallega». Podría ser igual cántabra, leonesa o asturiana, porque lo que se trata de expresar es la necesidad de escapar de todo lo que este dichoso mes supone, y más aquí, en Andalucía: calor, aglomeraciones, incomodidades… Realmente es un periodo que se ha vuelto antipático por muchas razones, pero que, al mismo tiempo, se muestra como absolutamente imprescindible. Es el mes de vacaciones por antonomasia, pero pareciera que todo el mundo las cogiese a la vez. La tendencia gregaria de la condición humana adquiere así inigualables instantes de esplendor. Resulta que hay veces en las que no cabemos, y no se puede ir a ningún sitio sin molestias o fastidiosas esperas… Es algo que se agrava en el caso de nuestra costa, la atlántica y la de la Bahía, que es ocupada masivamente y se vuelve prohibitiva. Durante un mes o dos somos enajenados de nuestros espacios, hay que tomárselo así. Pese a todo ello, tiendo a manifestarme compresivo y solidario, especialmente con la industria hostelera y turística en general. Es temporada no alta, sino altísima, y eso es algo que tenemos que agradecer en una tierra tan castigada por el paro. ¡Bah! Te conformas: a la postre tenemos el resto del año para disfrutar de nuestra costa, sierra, campiña, gastronomía… La más que aparente contradicción no evita, sin embargo, que haya momentos en los que tu oculto ser de anacoreta se revela en unos irrefrenables deseos de escapar a cualquier lugar solitario, a una bucólica arcadia de seguro ya inexistente. Porque, a estas alturas de la globalización, ¿creen ustedes que queda en algún lugar una idílica aldea solitaria donde refugiarse? Si saben de alguna, me lo dicen, por favor.

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