Festival de Jerez

Gotas de agua para danza en mayúsculas

  • ‘Bailes alegres para personas tristes’, que estrenó anoche Belén Maya en el Villamarta, es una obra densa y preñada de poética a partir de sentimientos confrontados

Fucsia sobre negro. Cantiñas: Maya suelta una sonora risotada. Negro sobre fucsia. Cantiñas: Pericet se aleja del proscenio compungida. Tragicomedia en dos actos. Rompecabezas emocional en el que un incesante sonido de agua cae como vida eterna. Hay dos divisiones escénicas -una color, la otra sombra- que, en ocasiones, son segmentos que se tocan. Dos cuerpos que se funden. Dos gotas de lluvia que hacen océano. A veces. Sólo algunas veces.

Es una falsa estructura circular y un falso juego de roles el que configura Bailes alegres para personas tristes, cuyo estreno absoluto tuvo lugar anoche en el Festival de Jerez. Es sólo aparente eterno retorno porque la patada en nuestras partes nos la pega finalmente una Belén Maya abrumadora, empapada y descalza que recorre las tablas con una bata de cola líquida que sólo vierte drama. Incomunicada y pesimista -supuestamente era la risa del montaje-, la artista cierra definitivamente una creativa producción plena de reflexiones y matices sensoriales. Un reguero de llanto, esa Belén derrotada de la escena final, que pese al patetismo que encierra desata en el subconsciente una imagen de una potencia visual y belleza impactantes.

La fuerte carga teatral del montaje que pergeña Lérida, que administra a la perfección la economía de recursos escénicos y conforma una experiencia de danza en mayúsculas, tiene sustento perfecto en la composición musical que plantea Montero, en la que sobresale un martilleante y perturbador folklore norteño y una utilización sui generis de numerosísimos estilos flamencos (cantiñas, verdiales, fandangos, soleá, seguiriya, guajira, taranta...), como hilos discursivos del conjunto de la obra.

Para tal consecución es vital el papel que desempeña el elenco musical, empezando por Javier Patino y Antonia Jiménez, dos más que notables guitarristas que se bañan dentro del concepto de traspasar límites que maneja el espectáculo. El trío cantaor no se queda en la retaguardia, sino que se deja iluminar -otra vez espléndido trabajo de Bonadei, ya la disfrutamos hace unos días con Andrés Marín- como integrante del sugerente y magnético juego de sentimientos que desenvuelven las bailaoras con las onduladas y dúctiles figuras que van trazando con sus cuerpos.

Hay momentos de auténtico descubrimiento que sirven para subrayar a la perfección la montaña rusa emocional por la que circula el espectáculo. De especial relevancia es el logrado juego de fragmentación de seguiriya-guajira, donde Pericet, con un look a lo Yerbabuena, sufre el dolor y la pena negra, mientras Maya es divertimento y delicada sensualidad con un juego de velo-abanico de puro ilusionismo. En la cabal que cierra esa secuencia, que pareciera escrita dentro de un guión de Tarantino o Arriaga, se reúnen con regusto agridulce las dos bailaoras para, casi por vez primera en el montaje, danzar conectadas, armonizadas.

La originalidad y los contrastes anímicos también se aprecian en la inversión del orden natural de los tientos-tangos. O en la repetición consecutiva, abrasiva, de la letra de soleá que interpreta un solvente -como casi siempre- Juan José Amador: El espejo en que te miras... En el fondo de todo puede que resida,en realidad, una metáfora de los desequilibrios sentimentales y los mecanismos de dominación y sometimiento en las relaciones humanas. El ejemplo palmario de esto último está en esa Belén que baila, o lo intenta, maniatada por el cantaor. Número que bien pudiera rememorar uno de los pasajes clave de ese Amargo que armara hace ya años su progenitor, el inmortal y admirado Mario Maya.

Si bien la tensión narrativa es, en general, constante, pues cada paso que bailan Maya y Pericet -en solitario o a dos- lleva siempre al terreno de la expectación, el ritmo es más inconsistente e iterativo. Algunos números se hacen monótonos y faltos de ese repaso caligráfico, de esas pequeñas matizaciones, que siempre llegan después del estreno.

Extraordinarias son, en cualquier caso, las dos intérpretes femeninas, quienes imprimen el suficiente carácter a todos los números para elevar su pulida técnica a la máxima expresión, al nivel supremo del discurso artístico. Tanto Belén como Olga -candidata desde este momento al Premio Revelación de este año, pese a que ya le vimos sobresalientes hechuras de gran bailaora en 2007, cuando presentó En clave- despliegan un tour de force representado por dos sentimientos extremos, confrontados, que, aunque raras veces se aproximan, al final confluyen en nihilista tristeza. Una rompedora y valiente propuesta que enseña el horizonte de futuro que otea el flamenco y la danza contemporánea: no queda otra que mojarse hasta la médula, justo lo que hace aquí Belén Maya, para evolucionar.

Compañía de Belén Maya. Baile: Belén Maya, Olga Pericet (artista invitada). Cante: Juan José Amador, Miguel Ortega, Jesús Corbacho. Guitarra: Javier Patino, Antonia Jiménez. Coreografía: Belén Maya, Olga Pericet. Iluminación: Ada Bonadei. Vestuario: Yaiza Pinillos. Realización de vestuario: Pili Cordero, Maribel Rodríguez, Soledad Arenas. Regiduría: Balbi Parra. Sonido: Rafael Sánchez. Dirección musical: David Montero. Dirección escénica: Juan Carlos Lérida. Día: 8 de marzo. Lugar: Teatro Villamarta. Aforo: Lleno.

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