Adiós a Juan de la Plata

Una vida de trabajo y amor por Jerez

  • El escritor y periodista Juan Franco Martínez fallece a los 82 años en un hospital de Cádiz.

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Lon los contrasentidos de la vida. La noche del lunes vivíamos con emoción el éxito de los Campallos sobre las tablas del Villamarta, en plena efervescencia del Festival Flamenco, y sólo pasaron unas horas hasta conocer la muerte de uno de los hombres que derrochó enorme trabajo e imaginación en vida para que todo eso hubiera sido posible. 

 

Alrededor de las diez de la mañana, en la cercana Cádiz, se encontraba con la muerte a los 82 años de edad el amigo y compañero Juan Franco Martínez, Juan de la Plata, uno de nuestros más grandes investigadores y experto del mundo flamenco, que gozó de enorme respeto en todos los círculos intelectuales y artísticos.  Juan fue, además de flamencólogo, un gran periodista, poeta y escritor pero, ante todo, un grandísimo jerezano. Quizás eso fuese  su penita pena, haberse marchado desde Cádiz, donde se encontraba desde hacía algunos años al cuidado de su hija Conchita. 

 

Los últimos años de Juan fueron de una lucha constante por la vida. Aquejado de un problema cardíaco y al encontrarse solo en su domicilio de la plaza de Manuel Ríos Ruiz, en Parque de la Serrana, decidió marcharse hasta el hogar de su hija Conchita en Cádiz. El pasado domingo, como otros días, recorrió el paseo marítimo ayudado por una silla de ruedas hasta que se sintió indispuesto tras sufrir un derrame cerebral. Durante todo el lunes estuvo ingresado en un hospital de la capital, entrando en coma y falleciendo ayer por la mañana a las 9,50 horas. 

Las vida de Juan de la Plata fue una vida, fundamentalmente, dedicada al trabajo y a lo más amó: el periodismo. Dejemos que nos hable este hombre autodidacta que aprendió a leer, muy pequeño, cuando se encontraba enfermo.

 

“Nací en Jerez, en 1932, y llevo metido en esto del periodismo, desde que era un chiquillo de 15 años y ya era redactor de sucesos del diario Ayer, de la calle Bizcocheros 2 triplicado, que dirigía Enrique Bitaubé Núñez, con Ramón García-Pelayo y de Trevilla, de redactor-jefe. Yo era ‘el niño’ al lado de los veteranos sesentones Chano Argudo y Ramón de Cala, el que fuera mi primer maestro en la información local. Entonces no había escuelas de periodismo, como felizmente hoy tienen las nuevas generaciones y había que aprender a pie de calle, buscando la noticia, y en las mesas de redacción, escribiéndolas y corrigiendo teletipos. 

 

Luego tuve otros maestros: el sevillano Emilio Vara, del que aprendí a hacer críticas de cine y de teatro, y el cordobés Miguel Ortiz González (Miorgo), gran entrevistador y reportero, que fue quien me animó a escribir en Dígame, porque decía que mis reportajes le podrían gustar a su director Ricardo García (K-Hito), el que le puso “monstruo” a Manolete. Al lado de K-Hito estuve colaborando más de 20 años en Dígame de Madrid, el semanario más popular de España, que también se vendía en toda Hispanoamérica. Miorgo se fue a Voluntad de Gijón, y luego al diario Amanecer, de Zaragoza, y desde ambos periódicos me pedían colaboraciones. Publiqué por entonces un gran reportaje de varias páginas sobre la vendimia jerezana, en el semanario El Español, que dirigía Juan Aparicio, director, a su vez, de la escuela estatal de periodismo. Ya el  Ayer se había convertido en La Voz del Sur, con el aragonés Alejandro Daroca de Val al frente, con quien estuve hasta 1954. 

 

Poco después ingresé como colaborador en Radio Jerez, tras sufrir un pequeño examen de lectura de su director Guillermo Ruiz-Cortina, realizando varios programas en dicha emisora, en la que colaboré durante varios años, cuando tenía sus estudios en la plaza de las Angustias. Allí conocí a dos magníficos compañeros y grandes profesionales, a los que nunca olvidaré: Manolo Fernández Peña y José María Ayaso, ambos ya desaparecidos, cuando ejercían el periodismo radiofónico en Sevilla y en Las Palmas de Gran Canaria, respectivamente. También fui muy amigo de Carlos Vergara – ‘Carlitos’, como yo cariñosamente le llamaba – que también murió joven, siendo director de Radio Sevilla de la Cadena SER. Y más tarde, a principios de los 60, cuando la COPE abrió en Jerez su emisora en la Cruz Vieja, con Andrés Luis Cañadas Machado, como director, entré de redactor de informativos en la misma; haciendo igualmente, al mismo tiempo, varios programas de difusión del flamenco...”

 

Los sesenta fueron para Juan una decáda de gran intensidad profesional: corresponsal de Radio Nacional de España y de la Agencia EFE, jefe de redacción de ‘La Voz de la Bahía’ de El Puerto, delegado de ‘El Correo de Andalucía’, ‘Diario de Cádiz’ y el diario ‘Informaciones’ de Madrid. Desde la reapertura de Diario de Jerez, Juan estuvo colaborando en este periódico como crítico de flamenco e historiador.

Si prolífico fue su trabajo en prensa y radio, también lo fue como escritor de una veintena de libros sobre Jerez y nuestras tradiciones, atreviéndose además con la poesía con la edición de algunas obras y en la labor de conferenciante.  Pero, por encima de todo, nadie puede negarle su gran pasión por el flamenco, al que dedicó todo el tiempo posible y que merece un tratamiento aparte.

 

Juan de la Plata tomaba además parte activa a en todos los movimientos culturales de la ciudad. Fue académico de número de la de San Dionisio, miembro de la Cátedra de Flamencología (que él mismo fundó) y del Centro de Estudios Históricos Jerezanos, entre otras instituciones. También acumuló en vida un buen número de distinciones, aunque él siempre sintió predilección por el de Socio de Honor de la Asociación de la Prensa de Jerez por “su destacada y valiosa contribución al periodismo jerezano”.   

 

Su entierro se celebrará mañana jueves, en la parroquia de Santa Ana, a las diez de la mañana, dado que Rosario, la otra hija que le dio su esposa Conchita Torre, se encuentra trabajando desde hace años en Amberes. A través de estas líneas, Diario de Jerez desea sumarse a las muestras de pesar llegadas a la familia y amigos. 

 

Sólo queda terminar este pequeño recorrido por su vida como él acostumbraba a acabar sus cartas y escritos, demostrando su enorme cariño a la ciudad: “Jerez siempre. Siempre Jerez. ¡Viva España-Jerez!”

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