En Estados Unidos es costumbre celebrar el día de Acción de Gracias el cuarto jueves de noviembre. Esta tradición tiene su origen en los Pilgrim Fathers, un grupo de puritanos que en 1620 salió de Inglaterra en un barco llamado Mayflower y que dos meses después llegó a Plymouth, en costas americanas. Estas personas pasaron enfermedades, frío y hambre antes de lograr su primera cosecha, por la cual dieron gracias a Dios. En memoria de este hecho, las familias se reúnen para cenar y agradecer lo recibido. Sin embargo, este año es difícil sentir gratitud por la pandemia, por las muertes, por quienes pasan necesidades y por los emprendedores arruinados. Pero a pesar del dolor se puede agradecer la unión familiar, la solidaridad de personas a quienes la tragedia ha sacado del anonimato, la entrega incondicional de los sanitarios, la presencia en los hospitales de sacerdotes que han acompañado a los moribundos, la labor de los bancos de alimentos, de Cáritas, de Mensajeros de la Paz y de todos los que se han sumado a la lucha para paliar el desastre.

A nivel individual, tal vez se ha llegado a ser más resiliente. Posiblemente la vida se ve de otra manera, valorando lo que en verdad importa y dejando de lado tanta banalidad. Se vivía en un mundo superfluo, pleno de narcisismo, de protestas necias y de reivindicaciones absurdas. La pandemia ha demostrado nuestra vulnerabilidad y el ser humano ha visto que no es el dueño de la vida, que casi nada depende de él y que la impotencia es un monstruo de mil cabezas que devora todo a su paso.

Estos aprendizajes hay que agradecerlos. De alguna manera había que abandonar tanta idolatría y tanta estupidez. Ahora se añoran los abrazos de los seres queridos, las reuniones en los bares, la vida normal. Se busca, incluso sin darse cuenta, algo trascendente que sirva de ancla y sosiego para el alma. Todo llegará, pero ahora es tiempo de sembrar, de arrimar el hombro y de mirar al cielo pidiendo que pronto se pueda recoger la cosecha.

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