La velocidad con la que los gurús de la ingeniería social inventan nuevos términos desborda a cualquier mente inquieta que quiera estar al cabo de lo que sucede en el mundo. Una de las últimas que se ha generalizado -relativa a la identidad sexual- es la autodeterminación del género, palabro aprendido hace escasos días con motivo de la llamada Ley Trans. Me parece fantástico que cualquier persona se auto perciba de la manera que le parezca, faltaría más; nuestra intimidad es una de las últimas libertades irreductibles que nos va quedando en esta sociedad cada vez más estrecha y dispuesta a la autocensura. Que se exija respeto a la diversidad, de manual -si somos dignos de vivir en una sociedad avanzada- pero que se legisle a espaldas de la realidad y atendiendo sólo a un psicologismo personal y subjetivo ya es más problemático. Con esta ley basta que uno se auto perciba con una identidad diferente de su hecho biológico para que tenga que desplegarse una serie de consecuencias jurídicas que traerán no pocos dolores de cabeza. ¿Por qué limitar la autodeterminación a la identidad sexual? ¿porqué no extenderlo a otros hechos biológicos como la edad o el parentesco? Las normas impuestas con desprecio a la realidad suelen terminar en dislate. Si cada 6 meses puedo manifestar una voluntad distinta sobre como quiero ser social y jurídicamente tratado con relación a mi sexualidad, lanzamos un torpedo a la línea de flotación de conquistas como la paridad -caballo de batalla del feminismo más saludable-, trivializamos el complejo proceso de una persona que siente diferente del cuerpo que habita y empequeñecemos la dura batalla contra la incomprensión de tantas personas que sí se han jugado el tipo en otros tiempos y que son hoy tratados por algunos niñatos-as-es de traidores a la causa. Un poco de sentido común.

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