En medio de noticias de todo tipo, de playas abarrotadas, de rebrotes, de vueltas a la fase dos, de diputada de Vox herida por una piedra seguida del silencio de las feministas, del caso Dina con sus ataques a quienes han puesto el dedo en la llaga, de coloridos símbolos que sin representar a todos son colocados en instituciones públicas, de misa por las víctimas del coronavirus con ausencias señaladas y de todos los dimes y diretes que nos rodean, subyace un estado general de inquietud, de preguntas que no encuentran respuestas, de un futuro incierto y hasta de una profunda melancolía por lo que se ha ido.

Muchas personas se sienten a la deriva, como si fueran en una barca donde falta un capitán, un rumbo y un destino. Sin embargo, a pesar de la incertidumbre, todos tenemos recursos interiores a los que podemos acudir en caso de necesidad. Son como una caja de herramientas que al abrirla nos refresca la mente, nos hace palpitar el corazón y nos sosiega el alma.

Son cosas triviales, basta con una vieja melodía, con un álbum de fotos, con una película que dejó huella o con el libro que leímos en la juventud y nos abrió los ojos a realidades desconocidas. Yo tengo muchos cajones llenos de recuerdos pero uno de ellos es mi talismán, se trata de un manojo de tardes en Nueva York, caminando por Central Park, disfrutando del paisaje, sobre todo sentándome a la sombra de un árbol donde están mis iniciales junto a las de alguien que ya partió de este mundo pero que sigue vivo dentro de mí. Con ese recuerdo tengo suficiente para sentir que renazco. Mejor aún si abro más cajones y sigo rememorando cosas hermosas. El espíritu se alimenta y se apacigua.

Es algo tan sencillo como reconfortante. No hace falta comprar nada, ni acudir a ningún sitio, ni molestar a nadie. Buscar aquello que llevamos dentro y nos ha hecho felices es como ponerle mermelada a una rebanada de pan. La endulzamos, le suavizamos la corteza y le damos un regalo al paladar. Nos volvemos a encontrar en septiembre. Buen verano.

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