H AY cosas que no se pueden decir, sea en un tweet, en una mala letra de un rap o un soneto de verso alejandrino. La manifestación artística como parapeto para decir lo que me venga en gana no cuela, si es que podemos llamar arte a lo que hace este majadero. Donde mejor está Hasél es apartado de la sociedad a la que quiere salvar matando policías y poniendo la diana en la nuca de sus odiados congéneres. Más allá del delincuente Hasél, lo que preocupa es que su espíritu se siente en el Consejo de Ministros y con voz templada se ponga de parte de los antifascistas totalitarios, niñatos pertrechados de adoquines y otras armas de destrucción urbana que, para mostrar su enfado con el mundo, incendian nuestra casa. El diputado Echenique los anima y el Alcalde de Valencia pide a la policía apedreada que no se extralimite. El mundo al revés. Insignes representantes del Pueblo braman por la libertad de expresión, derecho fetiche que justifica transitar por el borde del admisible sentido común.

Tiene razón Iglesias cuando se queja de la anormalidad democrática de estos tiempos- he de añadir que no sólo en España-. La democracia occidental padece el virus de la agenda globalizadora. En Davos no se cortan y programan el gran reseteo en la que los Hasél indignados del mundo camparán a sus anchas en nombre de los derechos civiles de toda la vida, adaptados con interpretaciones delirantes. En la distopía que nos tienen reservada comeremos carne sintética, renunciaremos a la propiedad privada, la información estará controlada y la autocensura será pan de cada día: socialismo del siglo XXI a la que cada vez más incautos se apuntan con vehemencia. Aquí hemos empezado, Hasél se sienta en el Gobierno junto a los golpistas cuasi indultados del procés, y con la oposición dividida y desarticulada. Malos tiempos para la lírica.

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