No es una semana más perdida en el calendario porque es el inicio y el fin del calendario sin más.

Es la semana donde la costumbre se desnuda, los recuerdos nos invaden y donde correteas detrás de los globos de tu infancia en busca de los cielos que enmarcaron tu Fe cuando la pubertad te despojaba la piel.

Es la semana en la que los cirios chorrean chicotas, en la que las promesas se saldan con lágrimas, en la que volvemos a callejear por los pasadizos de la ciudad sin cristales de arena en los zapatos.

Es la semana de las marchas, de los inciensos, de los estrenos; de las esperas, de las bullas, de las soledades calladas; de los nombres bordados por vencejos, de los diálogos sin voz, de las estampas anónimas sin eco.

Es la semana de Dios...

Ese Dios que algunos buscan como refugio mientras su sangre muerta y descarnada se sostiene por clavos y sale a tu encuentro su estampa para dibujarse a sí mismo en los lienzos desnudos de la tarde..

Ese Dios que predica su Evangelio entre izquierdos y costeros, entre oraciones cantadas y musitadas, entre azahares que rompen los goznes de las horas por correderas de suspiros..

O ese Dios que algunos que no creen en Él lo nombran como Luz de Esperanza cuando los miedos se deshojan entre sus dedos como pétalos de algodón..

La semana de los cofrades y los no cofrades.

La semana de los que cuentan los días y las noches, bien al derecho o bien al revés.

La semana en la que se paralizan los pulsos mientras uno abre los ojos y pierde la mirada en una túnica que espera colgada en el zaguán de los sueños.

Semana Santa… siete días para perderse descalzo por las entrañas del tiempo… ese tiempo que marca los pulsos de mi Dios.

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