PENSABA estos días atrás sobre ese "comité de expertos" que con tanto entusiasmo, dedicación y esfuerzo han sacrificado sus vacaciones veraniegas para preparar una vuelta a los colegios segura, a tiempo y confiada.

Pensaba en nuestra ministra de Educación, en su talante, en su empatía, en su sapiencia… y en cómo se ha devanado el cerebro para que los problemas de ratio, de espacio y de personal se solucionaran antes del día 1 de septiembre.

Pensaba en los equipos directivos de los centros educativos, verdaderos héroes de todo este cachondeo y que sí están a la altura de esta puñetera pandemia.

Pensaba en mis colegas maestros y en mis compañeros de profesión, esos que estamos acostumbrados a recibir críticas de una sociedad que no valora nuestro trabajo y que "ahora" se están dando cuenta del valor que supone enseñar.

Pensaba… Pensaba... Pensaba…

Hasta que de pronto, lleno de ira, de rabia y de impotencia, detuve en seco mis pensamientos y pensé en lo verdadero importante de todo esto: en mis alumnos.

En cómo estarán.

En cómo les habrá afectado emocional, mental y físicamente este parón de meses.

En cómo ven la realidad a través de sus mascarillas, sus distancias de seguridad, sus miedos a un virus que les ha cambiado su día a día.

Y me di cuenta de que las medidas, los planes de estudios, los materiales con los que trabajar… no valen nada si no somos capaces de detenernos ante ellos, y preguntarles qué sienten, qué esperan, qué han aprendido, qué podemos hacer por ellos,…

A escribir, a sumar, a identificar ríos en un mapa ya se les enseñará, pero a esos alumnos hay que salvarlos, hay que enseñarles un horizonte distinto, hay que mirarlos como se mira con los ojos del corazón.

Porque si lo piensas bien, ellos y sólo ellos son lo más importante y verdadero de la educación.

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