El hombre está dotado por una cualidad innata que le permite distinguir la diferencia entre el bien y el mal. Ese atributo tiene que estar reforzado por un sistema en el que se ensalcen las bondades y se desacrediten los actos negativos. Sin embargo, ese filtro formativo que ayuda a crear una conciencia sana y que se sostiene en las tres patas que forman la familia, el colegio y la sociedad, ha colapsado. El afán por ser "progres" ha erradicado de la sociedad toda clase de valores, sobre todo los cristianos, lo que ha dado por resultado que una gran parte de la población se crea con el derecho de hacer lo que le venga en gana sin reparar en que su comportamiento afecta al otro, a ese prójimo que aunque invisible, forma parte de sus vidas porque transita por las mismas calles, vive en el mismo bloque o asiste a sitios comunes.

Es difícil asimilar la maldad de la que nos informan a diario los medios de comunicación: las violaciones en manada, un marido que graba la agonía y muerte de su mujer en lugar de auxiliarla, la violencia intrafamiliar incluso contra los menores, el padre de dieciséis años que en lugar de entregar a su bebé recién nacido a los servicios sociales decide arrojarlo a un río para eliminarlo, el acoso escolar o el hombre que mata a su pareja y la entierra clandestinamente. Lo anterior son signos inequívocos de que como sociedad hemos fallado. Hace años se optó por la permisividad y se implantaron programas educativos donde se dejó de hablar de la importancia de la familia, de la empatía, del reconocimiento del otro y del respeto a las figuras de autoridad como los padres y los profesores. En cambio, se abrió la puerta al aborto, a la ideología de género, a la intolerancia y al egoísmo.

Todos estos elementos han dado lugar a sujetos gobernados por impulsos primarios que recuerdan la forma de actuar de Caín cuando mató a Abel, desconociendo el prodigio que es la vida, dejándose arrastrar por sus emociones y mancillando en todo momento el derecho del otro.

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