Las muestras de solidaridad de la España que se ha confinado en casa no debe extrañar a nadie. Este país- todo lo cainita que se quiera-, se autoflagela con inusitada facilidad, la misma con la que se entrega a una causa sin que nadie le dirija porque está en nuestro modo de entender la vida. En Jerez, un grupo de costaleros ha puesto en marcha una valiosa iniciativa que puede ser ejemplo de muchas otras que vemos estos días a través de redes y otros medios. Estos "costaleros por nuestros mayores" se han puesto al servicio de los más necesitados de nuestra ciudad. Desde Cáritas podemos dar buena fe de ello. Nos demuestran que la iniciativa de las pequeñas comunidades humanas son imprescindibles para complementar a las instituciones públicas, a las que no les podemos pedir que lleguen a todo. Exigimos que lo "público" cubra todo, y lo público no es más que la suma de nuestras aportaciones personales. Nos enseñan que la solidaridad no tiene apellidos, que son capaces de transformar su sacrificio debajo del Misterio, en servicio a los más vulnerables, viviendo otra cuaresma diferente- la que nunca habían soñado-, pero tan valiosa como la de cualquier otro tiempo pasado. Con humildad ejemplifican que la Iglesia es una al margen de sensibilidades y carismas, que nadie debe patrimonializar la entrega al prójimo, y que cuando hay que rezar y llevar a sus titulares en volandas, se hace, y cuando hay que arrimar el hombro, son los primeros. Como ellos, muchos españoles, empresarios o trabajadores, religiosos o seglares, creyentes o descreídos, de izquierdas o de derechas, conservadores, progresista o apartidistas, dan lo mejor de sí al margen de las administraciones públicas. Hay quienes aún se empeñan en clasificar a cada uno de estos grupos como buenos o malos. Lo veo a diario en las redes. Error, grave error.

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