Cuando se vislumbra el final del camino es difícil no cuestionarse sobre el desempeño que se ha tenido como ser humano. Una existencia rica en experiencias también lo es en aciertos y fallos. No estamos programados, pero sí influenciados por circunstancias que nos marcan. La familia donde se nace es fundamental. Si los padres han sido buenos referentes, nuestro camino se allana. Si, además, hemos sido valorados y amados, nuestras expectativas de éxito se incrementan.Pero si al hacernos mayores nos damos cuenta de que no hemos tenido aquellos padres que hubiésemos deseado, no queda más que aceptarlo. Nadie es perfecto. Y aunque su forma de tratarnos nos haya hecho sentir inadecuados y sus exigencias hayan sobrepasado nuestras posibilidades, se les ama.

Cuando criamos a los hijos deseamos no caer en los errores que se cometieron con nosotros. Sin embargo, sin darnos cuenta, repetimos a los hijos algunas frases que nos dijeron y no nos gustaron. Así somos, hasta que comprendemos, tal vez ya tarde, la manera correcta de ejercer como padres. Hay que aceptar con humildad que nuestros hijos se cuestionarán si hemos sido un ejemplo o hemos caído de bruces en alguna tentación.

Todo lo que se ha vivido desde el primer día nos ha moldeado para bien o para mal. Si algún desacierto en nuestra formación nos ha hecho cojear, no queda más que comprender que a nuestros padres nadie les enseñó a serlo. A mi generación tampoco. Las escuelas de padres surgieron cuando mis hijos habían crecido. Y encima no fui. Tenía prioridad el trabajo, sin el cual no se podía proveer ni satisfacer las innumerables necesidades.

Seguro que mi papel como madre tendrá algunos efectos secundarios, porque creer que en donde anidó tanto amor no pueden aparecer lesiones, es casi una utopía. Por ello, procuraré dejar a mi descendencia una buena provisión de Betadine y de tiritas, para que se las apliquen donde y cuando las requieran. También les dejaré la película de sus vidas, para que nunca duden de mi entrega.

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